domingo, 11 de octubre de 2009

NOCHE 22 - LA INSPIRACIÓN ES ENTELEQUIA (SEGUNDA PARTE).

Me encantaba utilizar el Soy director de cine ante una teibolera. Entre tanto burócrata, ejecutivo, abogado, estudiante de carreras más convencionales…y uno que otro narcotraficante; el que conocieran fugazmente a una persona que pertenece a un círculo ignoto, entre lo artístico y lo intelectual, era infalible para atraer su atención sirviendo cómo preludio de una conversación. Con tal introducción adventicia, trastocaba el protocolo con el que tratan a todos los que conocen; había mucho escepticismo representado en la observación “Pero estás muy chavo ¿no?”; pero también mucha curiosidad; sintomáticamente empezaban las preguntas: “¿Qué tipo de películas haces?” o “¿Se estudia para hacerlo?”; ya muy clavadas, interrogaban “¿Cómo se hace un guión?” o “¿Cómo consigues el dinero para hacerlas?”; y claro, como estudié una carrera, consideraban que automáticamente sabía absolutamente TODAS las respuestas y que estaba autorizado para dar opiniones especializadas, por lo que no era raro el “¿Qué piensas de Guillermo del Toro? Es muy talentoso ¿no?” / “Fíjate que mis películas favoritas son Voces Inocentes y Fuera del Cielo...de seguro para ti son unas mamadas, pero a mí me gustaron / ¿Cómo se llama el actor de Casablanca?/ y la reina de las preguntas: “¿Te gustan los documentales? ¿Y por qué no haces un documental acerca de niños de la calle? Es un buen tema y además nadie habla de los niños de la calle. ¿Te imaginas si los políticos en vez de gastar millones en campañas, dieran ese dinero para comida, una cobija…unos zapatos?…pero a nadie les importa los niños de la calle…” (¿Qué demonios les sucede con esa fijación con los niños de la calle, eh?).


Ante esta avalancha de cuestionamientos, solía “bluffear” un poco al respecto: hablaba de festivales internacionales, adoptaba mi fase de crítico exquisito y me regodeaba arbitrariamente en términos como “jump cut”, “widescreen” o “steady cam”, muchas veces sin ni siquiera explicar a ciencia cierta de qué se trataban, para mantener el misterio al asunto; aunque sabiendo mis límites. O sea, no presumía de llevarme de pellizco y nalgada con Gael García Bernal y Diego Luna, por qué además de arrogante, hubiera sonado inverosímil. Es lo bueno de presumir acerca de un tema que dominas, siempre sonará convincente lo que digas y sabrás hasta dónde puedes llegar. Algunas se mostraban atraídas y entusiasmadas (sí, sí, entre la atracción del “personaje” y el entusiasmo de la “persona”). Otras sólo me seguían la corriente: ni pleitesía ni reverencia. Eso sí, lo que sigo sin comprender es por qué cuándo terminaba de pronunciar “director de cine”, todas se aventaban el mismo “Ya sabes, si necesitas una actriz aquí estoy yo”. Y Martell no fue la excepción. 


viernes, 19 de septiembre de 2008

NOCHE 21 - LA INSPIRACIÓN ES ENTELEQUIA (PRIMERA PARTE).

Debo de admitir que estuve en serios problemas a la hora de decidir cómo continuar la historia. Después de darle muchas vueltas al asunto, opté por hablar de la inquietud con la que no pude luchar en mi periplo: ¿Cómo poder separar tajantemente el aspecto profesional con el aspecto personal? ¿Cómo no involucrarse hasta volverse loco si lo primero que se necesita es generar confianza y crear vínculos? ¿Cómo ver todo tan frió cuando una persona se está abriendo? Simplemente me resultó imposible.



Era más que entablar una conversación o comportarse a medio camino entre la benevolencia y lo escrupuloso. Era hacer propio todo lo que esa persona deseaba que supiera. Era querer confiar. Era darse cuenta que ya estaba en medio de la compleja formación de una relación humana. Era desdoblar mi personalidad y convertirme para esa persona, en su amigo, su confidente, su psicólogo. Era simplemente asumir el hecho de que había creado sentimientos y los había expuesto. Era aceptar que ya no sólo me podía considerar un cliente conocido o un mero vouyerista; sino un personaje más dentro del entramado mismo.




Aquí cabe entonces, un movimiento astuto: explicar cómo el inicio de mi derrota con el documental estuvo relacionada proporcionalmente con mi edad, mi físico, mi carácter y el haberme creido mi papel de humanista con cualquiera a la que le hablara.



La primera vez que visité La Tentación, entré con un semblante que exhibía inexperiencia; perfecto para ser víctima de la ordinariez de la primera mujer que me topara que estuviera bajo ese (falso) barniz de “devora hombres”. Esa mujer resultó ser Brittany.



Intimidación (“Y ese niño ¿quién es?” preguntaba al mesero, mientras me apuntaba de forma nada discreta y con un tono abiertamente burlón) y provocación gratuita (“Te presento mi clitoris” y en efecto, mostrandome su sexo en todo su opulento esplendor). ¡Vaya combinación! Sobra decir que al principio me cayó demasiado mal. Como si tratara de dejar en claro que no se iba a formar ningún nexo; Brittany, invitó a la mesa para que se “encargara” de mí a ZARA.



Zara toda frivolidad, toda arrogancia; fue la primera en hacerme ver y reconocer mi estigma: mi personalidad estaba en las antípodas del ambiente por el que sentía una rara fascinación. Mis “defectos” listos para que ellas lo vieran con cierta extrañeza: modales y falta total de malicia. Los rasgos a señalar obligadamente: mi escasa edad, así como mi apariencia inofensiva.



Ahí está revelada (¡por fin!) una de las claves del porque todos los involucrados en La Tentación/El Escándalo me conocían y notaban cuándo me encontraba con Alexandra: simplemente me convertí en la curiosidad del lugar. Y es que realmente existía un fuerte contraste entre su estridencia y mi comedimiento. Desde su llegada a El Escándalo, Bárbara supo cómo canalizar mi timidez para sentirse dueña de la situación.



Y en medio, los papeles se invirtieron: el trato agresivo de Brittany y Zara cambió a uno más accesible. O al menos, sin tanta sorna. De ahí entonces, es dónde eventualmente, se vislumbraría una buena oportunidad para iniciar a entrevistar a alguien.



Ya había aceptado para ese entonces el hecho de que Alexandra no sería la gran estrella de “Noche Efímera”…pero sí mi perdición. Tal vez desde siempre había sido mala idea pensar que las historias de ellas llegarían a mí de forma espontanea. Era momento de cambiar 360º la estrategía y ahora ser yo quién fuera en busca de ellas. Era el punto justo de conjuntar calicatencia, prosapia, enjundia y atreverme con… Zara.



Zara. La encantadora persuasiva.



Zara. La primera protagonista de la fugacidad onanista.



Zara. La nueva decepción.



Si párrafos previos escribí acerca del conflicto que me implicó dividir al “sujeto de estudio” extraido del aspecto profesional y el “ser humano” conocido en el plano personal; me veo obligado a escribir cómo el contacto gradual con Zara, magnificó dicho dilema: ¿Dónde termina la actuación del “personaje” y empieza el comportamiento de la “persona”? ¿Pesa más el interés económico que su sensibilidad? ¿Están peleados sus códigos de trabajo con la autenticidad? ¿En verdad todo está conectado sólo por el fluir del dinero, el consumo de alcohol, la artificialidad del ambiente y el hedonismo? ¿Pueden existir los valores dentro del lugar? (¡Uffff, ya me mareé yo solito!)



Yo sabía de antemano del humor voluble de Zara a causa de su adicción a la cocaína. Así que prometerme entusiasmada una y otra y otra vez, querer ser entrevistada, no era ninguna garantía. Si la relación con Alexandra era de por sí, bastante peculiar; la que llevaba con Zara sólo hacía que confirmara que me estaba involucrando peligrosamente con personas que si bien, eran el alma que necesitaba “Noche Efímera” por ser protagonistas de situaciones límite, las cuáles yo por alguna desconocida razón, estaba convencido, podía tratar con seriedad y respeto, despojándolas de cualquier morbo; sólo la estaban llevando a dar tumbos sin dejar nada en claro y dirigiéndola a nuevos e insospechados derroteros.



Sin embargo, ahí me encontraba recibiendo toda clase de palabras recargadas de zalamería, besos y abrazos efusivos; a la par que ella afirmaba que tenía apenas 19 años de edad; que su vida estaba dividida entre La Tentación, mantener desde un año atrás un noviazgo “formal”, tener dos amantes; uno que le servía de consuelo cuándo del primero no recibía el amor que ella esperaba y otro que utilizaba por cuestiones meramente económicas; terminar la preparatoria y pensar en ingresar a la Universidad para estudiar Derecho (¿Por qué demonios me está diciendo todo esto? ¿Será para que me vaya enterando con quien estoy tratando? ¿Lo está soltando por qué explotó y quiso decírselo al primer idiota que se topó? O, ya que quiero inmiscuirme en su privacidad ¿lo comentó para ver si aguanto el chingadazo?). Si dentro de la conversación, perdía el hilo de la misma, la notaba totalmente distraída o se iba a cambiar a camerinos cada cinco minutos; sabía automáticamente que por esa noche todo había terminado con Zara.



De acuerdo, Zara tampoco había sido la respuesta. Si no me equivoco, la última vez que la vi; seguía diciéndome que podía contar con ella cuando yo quisiera (¿Me lo ha dicho todas éstas ocasiones de buena voluntad y en realidad lo único que ha pasado es que no se han dado las condiciones para trabajar con ella? ¿Lo ha hecho de dientes para afuera? ¿De plano, sí se ha metido hasta el dedo todos estos meses? ¡Carajo, debo dejar de pensar tanto!).



Entonces empecé a sufrir una crisis existencial. Había dedicado más esfuerzos en pensar en el regalo ideal para el cumpleaños de Alexandra, exagerar en mi esplendidez con Bárbara, y complicarme la vida con la (pseudo) rivalidad de ambas. “Noche Efímera” se encontraba pues; terriblemente desvirtuada y desgastada.




Lo había echado todo a perder.



(¿Y si acepto de una buena vez, que mi propuesta estaba predestinada a permanecer en el limbo de las buenas ideas que nunca se cristalizan por ser ridículamente ambicioso y mejor emprendo un proyecto más simple?).



Christian González (¡sí, sí, el mismísimo protagonista de “Sexo, Mentiras y Videohome”!); sugería una alternativa atractiva: ir a contracorriente y concentrarme mejor con las madres putativas de las teiboleras: las vedettes. El sostenía la teoría de que al haber sido desplazadas y permanecer sólo en el recuerdo de unos cuántos (1); si uno se acercaba con ellas, argumentando estar sumamente interesado en sus respectivas carreras; aceptarían gustosas y en una de esas hasta soltaban sus últimos ahorros con tal de revivirlas. Además, afirmaba que tenía una ventaja de mi lado: se sentirían halagadas de que un tipo cómo yo, fácil treinta años menor que ellas, se declarara fan de su trabajo. Vaya, hasta título tentativo existía: “SEXO, LIGUEROS Y…CELULITIS”. ¡Wow, como me mataba el título! Pero había algo que no me cuadraba: si de algo me sentía orgulloso, era que realmente sentía amor por el tema y que si algún día veía la luz, se notaria de inmediato. No era pues, un capricho sólo por qué hubiera conocido a un personaje “curiosito” al cual pudiera explotar. Así, que por más seductor que resultara el tema, sentía completamente ajeno ese ambiente y consideraba que sólo sería una falta de respeto para todas estas mujeres y hasta para la bonita pero olvidada tradición del burlesque. En todo caso sería genial que otro tipo se animara en hacer un homenaje a éstas damas y a toda una época. Digamos todos entonces “¡Falta un buen documental de vedettes!” Listo. Ahhhh, pero utilizando ese mismo título, por favor.



(¿Para qué le hago a la mamada? Me estoy sintiendo un fracaso absoluto y quiero encontrar la manera de ocultarlo. Mi búsqueda simplemente me rebasó. Me quedó grande el tema. Todo ha perdido sentido, proporción y estabilidad. Creo que debo de encoger los hombros y proponerme que después del cumpleaños de Alexandra, será la última vez que pise una sucursal del infierno. ¡Eso! Dale su regalo, felicitala, deséale lo mejor y despídete. Deja todo como algo poético. Además, un día especial cómo su cumpleaños, es el marco ideal para la despedida triunfal).



Desde que me enteré, varios meses atrás, de la fecha de cumpleaños de Alexandra, rondaba en mi cabeza el plan perfecto para festejárselo. Tenía que ser el primero en felicitarla llegando con un regalo espectacular. Quedaba automáticamente descartado cualquier objeto que tuviera referencia con el metal, el rock o lo estrafalario. Se me hacía burdo y predecible. No. El mío tenía que ser un obsequio trascendente. Cómo estaba completamente seguro de que al menos otros diez pelados más iban a llegar a celebrarle su día; tenía que adelantármeles. Así que pensé ir una hora antes de que iniciara oficialmente su cumpleaños, optando por ponerme súper cursi y comprarle un ramo de rosas y una pulsera color azul turquesa. Mientras iba camino a La Tentación repasaba una vez más mi discurso que le diría a Alexandra cuándo le diera los regalos y que había ensayado probablemente durante tres meses.



Entrar a La Tentación ese día tenía tintes dramáticos. Temí no poder dar un paso más. Sería la última vez que vería a Alexandra, mientras que de Bárbara, nunca me podría despedir. No más altas sumas de dinero gastadas por meros arrebatos. No más desvelos buscando taciturnamente inspiración entre luces de neón, volutas de humo de cigarro y la inmediatez; creyéndome personaje de Wong Kar – wai. No más dialéctica extraviada con “Glory Box” de Portishead. No más frases sofistas recibidas por parte de ellas. Simplemente había dicho ¡basta!



A la par que ingresaba a La Tentación sin poder pasar desapercibido gracias al tremendo ramo que llevaba; me ponía optimista y pensaba que después de ese último día ahí; podía empezar a expandir el espectro en que me movía y de paso conocer nuevos lugares interesantes. Vamos, no todo en esta vida puede ser mujeres encueradas.



Quizás fuera buena idea, visitar antros gay para escuchar excelente música y jotear sin correa (2).



O bien, ir a cantinas de mala muerte las cuáles siempre son baratas y divertidas.



Tal vez la opción era comprometerme conmigo mismo, a aprender a bailar salsa y merengue y asistir posteriormente a salones tropicalones (3).



Otra alternativa era frecuentar las fiestas pseudo-cosmopolitas en la Condesa, la Roma o el Centro Histórico y codearme con los “party animals”, “fashion victims”, “cool hunters”,“trendsetters” (o cómo ahora se hagan llamar); ese grupito “hipster” conformado por DJ’s, fotógrafos, artistas conceptuales, diseñadores de moda, bloggers, organizadores de fiestas y socialites; el cuál además de su pueril pretensión, está caracterizado porque todos sus miembros son gays (o alardean su bisexualidad) y tiene una necesidad de estar a la moda (escuchando new rave o electro, vistiéndose con ropa holgada fluorescente o que peque de ridícula y extravagante –original, atrevida y “hot” según ellos– y asistiendo al nuevo lugar sensación de la ciudad); sin olvidar que es obligatorio terminar la jornada en (al menos) un after party, –alcohol y estupefacientes varios de por medio– (4).



Podía empezar a volverme fan de los lugares fresas donde asisten chicas que no “pasan la jirafita” (¡No, mejor eso no, puedo terminar acusado de estupro!).



O sencillamente la onda era volver a mi rutina de asistir a maratones de cine de culto, para ver cinco buenas películas por diez horas continuas; convivir así como sostener discusiones bizantinas de lo visto, dentro de los intermedios, con “freaks” igual que yo, teporochos, travestís, pobres diablos y un sequito snob que mama el cine asiático sólo por qué ahora está de moda; mientras tomo un café insípido. (¡Ay, extraño esos días llenos de psicotronia, (s) exploitation, chatarra en VHS, exotismo tercermundista, gore en aspersión, erotismo bizarro, videohomes infectos y musicales fabulosos de Bollywood!).



Después de una hora esperándola, Alexandra se acercaba a mi mesa. El día cero había llegado. Tenía que emplear la retórica y ser acertivo. Le entregaba el ramo de flores el cuál incluía una pequeña tarjeta con una dedicatoria y yo mismo le colocaba en su mano derecha la pulsera que le había comprado semanas atrás. Un abrazo le prosiguió, a sabiendas que ese sería de los últimos que le daría a la mítica “Rockerisima”. Todo parecía estar en orden, pero algo no estaba bien. A mí sólo me quedó interpretarlo con un ¿Eh? Alexandra agradecía los regalos y el detalle de haber recordado su cumpleaños; pero respondía con frialdad. Ella estaba más preocupada en saber cuánto dinero iba a obtener. Tres meses de preparación, dedicación, ensayos, perfeccionamiento e ilusión al respecto; para nada. Le compraba boletos más por patético trámite que por gusto, por lo que ninguno fue minimamente memorable. Permitía que tomara lo que se le hinchara la gana por que mi discurso ya se había difuminado. Todo era mecánico. Bebiendo las últimas gotas de su tercera cerveza, Alexandra se retiraba como si fuera cualquier otro día en su trabajo. Un beso gélido, un “Gracias mi flaquito” muy apresurado y de ahí a saquear al cliente que estaba a nuestro lado. ¡Vaya despedida triunfal! repetía incesantemente mientras salía de La Tentación.



Cómo el Metro todavía no abría, y un taxi me cobraría una tarifa desorbitante; caminé casi por dos horas rumbo a mi casa. Durante todo el trayecto recorría por todo mi cuerpo, un sentimiento incomodo e inexpresable. No era coraje. Tampoco era impotencia o frustración. Se podría traducir en todo caso cómo si me hubieran arrancado “algo” violentamente de mis entrañas.



Llegando a mi casa; sólo daba vueltas en mi cama. Así que, en un ataque catártico me vi impulsado a prender la computadora y escribir. Me importaba muy poco la sintaxis, la lírica y que no existiera un destinatario real para lo que estaba expresando; yo sólo escribía rabiosamente mientras que por mi mente cruzaba desaforadamente la imagen de Alexandra. Hice una lista. En ésta, la acusaba de ser manipuladora, convenenciera, drogadicta, alcohólica, mediocre e ignorante. Por supuesto, todo lo hacía para lastimarla, para olvidarla, para abandonar definitivamente la necesidad de verla.



Terminando de escribir, me daba cuenta que me sentía distinto. Ufanía y liberación permeaban la descarga de palabras. Ya más relajado, me dispuse a leer detenidamente esa serie de maldiciones y reclamos, de los cuales, Alexandra nunca en su vida se iba a enterar. O al menos, eso pensé. Hubo entonces, un hecho que me quitaba del rostro, mi ridícula sonrisa sardónica: todo lo que estaba en el monitor era cierto, pero el cariño hacia Alexandra no desaparecía. ¡Odias esos desplantes, esa intempestividad, pero eso es también lo que te encanta de ella; reconócelo de una vez por todas!, me decía a mí mismo, un par de veces en voz alta. Se escuchaba raro, pero era real. Es gracioso: éste ambiente es sólo un cúmulo de instantes y circunstancias. Todavía es difícil acostumbrarse pero es así. Un día, una chica espontáneamente te da un obsequio, declarandote sus sentimientos; y un mes después pareciera que nada de eso ocurrió. Supongo que el ciclo con ella finalmente terminó.



De ésta manera, nació la obligación de escribir cada vez que lo ameritara, y que surgiera la vehemencia; una suerte de bitácora acerca de mis vicisitudes para hacer el documental, los extraños encuentros que sostuve con mujeres que me volaron la cabeza y… ¿Acaso ésta no es sólo una salida fácil para continuar la historia, mordiéndome la cola una y otra vez?



Reparaba así, que haber escrito esa retahíla de improperios no sólo había servido irónicamente para llegar a los retruécanos de mi mente y poder admitir que Alexandra era una mujer que sin duda me había marcado de una manera muy heterodoxa; sino para comprobar que seguía entusiasmándome hablar del tema y regodearme en la decadencia, lo grotesco y la (auto) destrucción del mismo; cómo si tuviera una imperiosa necesidad de tocar fondo lo más rápido posible. Incluso ahora todo esto, adquiría aires más personales. Concluyentemente, todavía era muy pronto para renunciar a su realización. Yo no veía esto cómo una perversa revancha; más bien, ellas eran la excusa perfecta para volver a la creación de “Noche Efímera”.



Tenía que actuar lo más rápido posible y recobrar todos los meses desperdiciados. Así que, haciendo alarde de una buena memoria; Zara en una de sus tantas (¿falsas?) muestras de algarabía; instaba a algunas de sus compañeras a que escucharan mi (loca) idea. Lo primero con lo que me topé cuándo le mencionaba a alguna de éstas teiboleras la palabra “documental”, es que se bloqueaban, se asustaban peor que en una redada y no entendían por más claro que intentaba ser. No importaba que insistiera que por mi condición de vil estudiante, mi trabajo no podría ser distribuido; en televisión era prácticamente imposible que lo transmitieran y por ende, no podría tener cobertura en los medios impresos y/o electrónicos; ellas por alguna extraña razón, asociaban la palabrita, de la particular siguiente manera: Documental= Televisión. Televisión= Televisa. Televisa= Programa de chismes baratos. Programa de chismes baratos= Secreto revelado ante hijos y/o padres así como desprestigio asegurado.




Era un hecho que hablar de arte con una bailarina era inútil. Cancelado quedaba hablar de géneros, narrativa, estética, encuadres. Nada de eso servía con ellas. Era momento de agregarle algo de mamoneria al asunto. Soltaba por ahí palabras cómo “cámaras profesionales”, “presupuesto”, “experiencia” y términos cómo “trabajo respetuoso” y “filmación seria”.




Parecía que ahí se tenía algo. Sobre todo con la palabra “presupuesto”. Pero su desconfianza rebasaba cualquier suma de dinero. La respuesta tampoco estaba en el dinero, porque éste corrompió en más de una ocasión su integridad física y moral; así que, ese no era un estimulo, sino un insulto. De acuerdo, nunca nadie iba a aceptar mi propuesta, si seguía creyendo el poder soslayar su recelo; solamente a base de la elocuencia bien ensayada y dosificada, tratando de ser tomado en serio. Vamos, debía de dejar la hipercodificación; empleando en su lugar la hiperestesia, proyectando fervor hacia ellas, y no sólo hacia mi trabajo. Así que un poco de grandilocuencia en mi dialogo mezclada con sublimación a su trabajo y un toque de mesura. ¡Voila! Ya tenía su aprobación para eventualmente participar… y sus respectivos teléfonos.



Entre las candidatas se encontraba CORINA; una señora que definitivamente tenía tatuada la palabra “Escoria” en la frente (look anacrónico, tatuaje anti-estético, voz espantosamente chillona, rostro cubierto por arrugas…); aunque eso sí, elegía muy buena música para sus presentaciones: “Raiders On the Storm” de The Doors, “Paint It Black” de The Rolling Stones “Money for Nothing” de Dire Straits y puras rolas de catalogo viejo con las que te nacía el deseo de sacar las playeras negras del cajón. Y por supuesto... también figuraba Brittany.



Entonces, lo más ¿sensato? para mí fue rescatar el teléfono de Brittany y contactarla… ¡chale, hubiera escogido a Corina!




De primera instancia al ver su considerable estatura, su piel trigueña y su tosca fisonomía; cualquiera juraba que Brittany era colombiana, venezolana o incluso cubana. Al escucharla, su acento no hacía más que seguir levantando sospechas respecto a su nacionalidad. No obstante, ella sostienía que nació en Morelia, Michoacán. Probablemente, su lugar de origen nunca se sepa. Lo que sí se sabía es que era una “Diva” obsesionada con el gimnasio y por hablar de las bondades de practicar box. Cuerpo esbelto, piernas torneadas, brazos tonificados, glúteos firmes y senos en su lugar; respaldaban dicha fijación. En otras palabras, tratando de ser objetivo y sincero; físicamente Brittany sí le súper partía la madre a Bárbara. (¡Uy, que políticamente incorrecto sonó eso!).




Así que la estrategia debía de cambiar radicalmente. Atrás habían quedado la analogía del table dance entre la desmitificación de éste cómo mero generador de regocijante fantasía y la doble vida de Alexandra; la cuál de haberse concretado, corría el riesgo de caer en el tremendismo más obvio si no llegaba a la sensibilidad adecuada; o la apología de éste, cómo escenario ambivalente ilustrado por los testimonios del crisol de chicas cuasi anónimas que había conocido a través de los meses, el cuál tenía el problema de poderse volver complaciente si mi complicidad hacia todas ellas, rebasaba a las entrevistas mismas (una tal JAMIE –una señora de físico impresionantemente bien conservado, que hacía unas presentaciones hiper bizarras vestida de arpía o árabe; y que conocí en aquella “LOCA, LOCA ESPECTACULAR BORRACHERA POST-REGALO DE ALEXANDRA; dónde, a pesar de mi estado etílico, pude entender que tenía un hermano enfermo de cáncer de pulmón y así supe que en realidad era AÍDA– o ANAHI –una muchacha que, creo recordar, en realidad se llamaba DENISSE, la cuál era medio famosita en La Tentación, gracias a unas fotos que le tomaron anunciando el lugar y que fueron publicadas en “Noches de Reventón”, una revista de medio pelo. Cuándo la reconocí, a mí sólo se me ocurrió decirle ¡Que buenas fotos! ¿eh? Por la expresión que hizo, pensé que mi comentario no le había causado la mínima gracia y preferí no decir nada más. Sin embargo, la siguiente vez que me la topé, llegó saludando amablemente con un “¡Que buenas fotos! ¿eh?”, convirtiéndose a partir de ahí en un “rolling gag” tonto pero simpático–). Evidentemente también quedaba en el pasado, la declaración de principios del lugar, con su mitología y sus tabúes; teniendo cómo centro de todo ello a Zara. Si de ser franco se trata, a distancia veo todos estos obstaculos cómo beneficos ya que presiento, hubiera terminado en cualquiera de los casos, siendo un ejercicio más bien lúdico e insustancial.




Así, ésta vez el ardid consistía en hacer una disección más terrenal. Adiós a la fatalidad y las situaciones extremas. Esa era la ventaja que me ofrecía Brittany: al nunca haber superado el comentario trivial, no me preocupaba que dentro de la entrevista se me saliera lo subjetivo y que esto en un momento dado se convirtiera en un lastre. No había sentimientos que intervinieran ni empatía que interfiriera. No existían secretos que estuviera expectante en develar. Por supuesto, detrás de ese cuerpo espectacular, subyacía alguna tragedia, un pecado, varias mentiras; pero yo necesitaba a Brittany cómo el “personaje” que conectara con el concepto del table dance cómo escaparate que transita entre lo delirante y lo absurdo (5); a medio camino entre lo popular y la supuesta elegancia: su oropel (6), sus mujeres con nombres falsos, su clientela arrobada por escarceos desalmados (7), las charlas donde se dice todo y nada a la vez…




Así cómo el bar de tradición, atemporal, perdido en su propio espacio (8), con sus fieles y eternos parroquianos, sus tertulias que mezclan lo etílico con lo filosófico, sus prostitutas maduronas que prácticamente nadie hace caso y parecen parte del inmobiliario el cuál a su vez ha visto sus mejores épocas pasar (9); es parte vital de la vida cultural de la ciudad (10); o el salón de salsa con sus clientes expertos en bailar muy arrimado con alguna fichera, mientras un grupo musical de media estofa toca en vivo, hasta que el cuerpo aguante o la última pieza se toque (lo que ocurra primero) es un breve muestrario de la idiosincrasia del país (11); el table dance es un síntoma de nuestra época (12).



La etapa de localizar a Brittany, refrescarle la memoria, asegurarla y concertar una cita para poder entrevistarla; ya anticipaba lo peor. Después de varios intentos, ella contestaba mis mensajes y aceptaba resolutamente participar, pero me indicaba que si deseaba contar con ella, tenía que esperarla al menos un mes, ya que ella se encontraba en…Playa del Carmen.



Brittany desde unos meses atrás, por medio de su representante (porque según la regla #19“EN EL MUNDILLO DEL TABLE DANCE, LA CUESTIÓN ES TENER O NO TENER A ALGUIEN QUE MANEJE TU CARRERA”; ya que significa obtener o no obtener mejores sueldos y condiciones de trabajo más convenientes así como el laborar o no, en lugares de mayor categoría; aunque esto sea también el destinar un 15%, 20% o más de lo ganado, a sus servicios y estar en cierta manera atenida a sus ofertas); estaba probando suerte por una temporada, en un territorio coptado por extranjeras, intentando competir con éstas, para así conocer las bondades de los dólares, que le podían proporcionar señores cincuentones americanos, italianos o suecos (de esos que decidieron pasar el resto de sus vidas en el ostracismo en lugares donde prácticamente no pasa nada) o un grupo de yuppies que va a esos rincones paradisíacos a despilfarrar su dinero.



La espera, en vez de verla cómo un problema, la consideraba providencial: podía pulir y depurar mi nuevo cuestionario y ensayar mi faceta de entrevistador para conseguir que se respirara un ambiente de confianza y así poder sacar fácil y rápidamente buenas respuestas. No necesitaba ser un genio para saber que Brittany se sentiría insegura y nerviosa; que la cámara la intimidaría; que si yo no lograba generarle seguridad (siendo torpe a la hora de hablar o no empleando el tono adecuado); perjudicialmente para el documental, saldrían las respuestas por tirabuzón más que por convicción. No buscaba el cuestionamiento incisivo (¿Qué se siente desnudarte ante un grupo de hombres que lo único que quieren es que te quites lo más pronto posible la tanga? / ¿Le contarías a tu hija acerca de tu ocupación?); ni comprometedor (¿En dónde trabajas? / ¿Cómo es la relación que mantienes con el dueño del lugar?); si no el ambigüo (Describe un día completo en tu trabajo / Cuenta una anécdota al respecto); para que le fuera más sencillo explayarse. Si dentro de sus declaraciones, aparecían confesiones de su trabajo (“Me enamoré de un cliente” / “Envidio a muchas de mis compañeras porque son más guapas que yo”) o tópicos de su vida privada (“Para conservar mi figura, sufro desordenes alimenticios” / “Mi verdadero nombre es…”); sería por su santa voluntad. De hecho, le prometía, entregarle dos copias de la entrevista (una en bruto y otra editada); para que comprobara que no existía manipulación a sus respuestas.



El chiste era hacer una entrevista demo para posteriormente evaluarla y saber si esa era o no la línea a seguir, qué preguntas funcionaban, cuáles se debían de omitir, cuáles reformular y sobre todo si el contenido presumía o carecía de interés. Si todo encajaba, el siguiente paso era encontrar a una nueva chica que estuviera en el mismo tono que mi primer entrevistada para enriquecer sus puntos de vista al respecto. Posteriormente hallar una tercera que no tuviera que ver con las dos anteriores en lo absoluto (físico, estilo, popularidad, carácter, etc.,etc.); para contrapuntear con lo previamente establecido y así sucesivamente. Más adelante me embarcaría en el bonito pero demandante trabajo de edición para enlazar lo mejor de todos los testimonios y crear un discurso coherente y cohesivo –post-producción y diseño sonoro aparte–. Tendría así en mis manos, al menos un primer tratamiento el cuál pensaba, podía enseñárselo a mis maestros para que me dieran su opinión, sus consejos y me dijeran que tenía que corregir y que agregar. Era un trabajo indefectiblemente duro, rudo y puro; pero alguien debía de hacerlo. Vamos, hubo un momento dónde llegué a considerar seriamente el inscribirme a cuanto curso y taller del género existiera para poder perfeccionar mi obra.



En las semanas que tuve de ganancia, conseguí un camarógrafo y transporte para poder recogerla cuándo el día de la entrevista llegara. Por último, gracias a unos buenos contactos, estaba a mi disposición una locación increíble para efectuar la entrevista; un salón amplio, excelentemente iluminado y con el agregado de que nadie nos interrumpiría. Quizás los únicos puntos en contra eran que por lo menos esa primera grabación no tendría nada de espectacular visualmente hablando (dos o tres emplazamientos básicos de cámara máximo y luz natural); y que la locación no tenía mucho que ver con lo que se iba a hablar. Obviamente lo ideal hubiera sido grabar en pleno table dance, pero en estos prácticamente las cámaras (tanto fotográficas como de video; así como celulares con esta función) están vetadas: la seguridad de todos los involucrados ahí, están en riesgo y los trasfondos sucios del negocio se pueden exponer. En todo caso, si hubiera obtenido el permiso del dueño para emplear por unas horas las instalaciones de su establecimiento, hubiera tenido que pagar una suma considerable de dinero que difícilmente conseguiría a corto plazo. Así que por el momento no me convenía realizarla en La Tentación. Christian González en una de sus acostumbradas propuestas estrambóticas, me recomendaba que para que la entrevista tuviera un toque más realista y que existiera una mayor relación con lo que eventualmente oiríamos; una buena idea era recrear en la misma locación, un table dance. Hipotéticamente, era posible volver la locación elegida, una fiel copia de La Tentación: podía solicitar apoyo a compañeros de la Universidad para decorar el lugar, construir una pequeña pista y posteriormente fungieran como staff; rentar mesas, sillas y luces y convocar a harta banda para que sirvieran cómo extras; trasformando una simple entrevista demo en una fulgurante docuficción con la cuál invariablemente invertiría una cantidad en efectivo que no tenía contemplada, me convertiría en productor ejecutivo y pensaría en temas como “catering” o transportación (cómo si no fuera suficiente ser director/guionista/productor/ exegeta/relacionista público/negociador). Pero no me atraía en lo mínimo la propuesta. No era el financiamiento, tampoco era el esfuerzo que se requería. Mi desacuerdo consistía en que no me sentiría a gusto, sabiendo que un gran porcentaje de lo que se llegara a ver en pantalla iba a ser una mentira. Además, aún contando con el mejor director/diseñador de arte del mundo y por más detallado que fuera su trabajo; a éste le sería imposible reproducir el espíritu y el “mood”. Todo sería aséptico, malsonante y ausente de naturalismo.




Mi postura, era improvisar y darle un giro a las limitantes que arrastraba. Si no podía grabar en La Tentación; entonces emplearía el nominalismo, sacando a mi entrevistada de su contexto plenipotenciario. Por ello le pedí a Brittany que el día de la entrevista fuera vestida con la ropa que usa fuera de su trabajo. Nada de escotes, faldas atrevidas, pareos trasparentes ni plataformas imposibles. Nada de maquillaje vistoso, pelucas o extensiones para el cabello. O sea no debía de haber pistas a que se dedicaba Brittany. La tirada era que realizada la grabación, aquel que la viera, primero se topara con una joven anónima a la cuál apreciaríamos sentada en un espacio indefinido en “médium close – up” o quizás en un “médium shot”. El espectador se enfrentaría a la incertidumbre de que no habría indicio alguno de lo que se desprendería de ésta breve primera toma. Inmediatamente después, ella se presentaría: “Soy Brittany, tengo 29 años de edad, nací en Morelia, Michoacán y soy teibolera”. ¡Pum, ya tenía enganchado al espectador!




Me concentré tanto que el mes se pasó cómo agua. Sólo necesitaba hacer una nueva llamada a Brittany, la cuál ya había regresado de su estancia por el Pacifico, para confirmar el día y la hora que nos veríamos, así como el lugar donde la recogeríamos. El caso estaba cerrado: era hora de enfrentar el transito, llegar puntualmente a la cita, presentar ante ella, la apostura de eficiente director en ciernes, entrevistador implacable y especialista del tema por derecho propio; conseguir el encuentro exacto, la contestación precisa y definitiva, terminar con la reputación intacta y quedar satisfecho con lo hecho; listo para la búsqueda de una siguiente voluntaria. . Sin embargo, irónicamente el día en cuestión, acepté preocupadamente que resultaría imposible llegar a la hora pactada al encontrarme retrasado alarmantemente por 25 minutos. Al parecer había sido víctima de un error de cálculo y ese descuido podía destruirlo todo: Brittany quizás no toleraría mi tardanza y cancelaría en un tronar de dedos (no en balde era una “Diva”) o el ambiente podría tornarse tenso a partir del momento que la recogiera o bien ella podría cambiar su humor influyendo de forma drástica y negativamente a sus respuestas. Dadas las circunstancias en las que me encontraba, sólo me quedaba actuar con aplomo, hablarle diplomáticamente, tratando de estirar lo más posible la llamada con disculpas y promesas para que todavía no se retirara del lugar acordado y siguiera vitalista. Podía haber esperado cualquier respuesta o reacción de ella: que estuviera furiosa, amenazando con renunciar por qué estaba jugando con ella, que ella también estuviera desfasada y no hubiera ningún problema de vernos más tarde, que no estuviera tan contenta por mi desliz pero concediera esperarme unos minutos más o que ella tomara la iniciativa de acortar distancias, quedándonos de ver en un punto intermedio. Cualquier cosa hubiera esperado, menos la real: Brittany ni siquiera tenía pensado presentarse. Supuestamente le había surgido una emergencia y cómo no tenía manera de comunicarse conmigo esperaba que yo, milagrosamente, le llamara. Aseguraba que podía seguir considerándola dentro, por lo que se comprometía a llegar ella misma a la locación en las primeras horas de la mañana del día siguiente.



Por supuesto, ésta (aparente) posposición, desarticulaba todo. No importaba el hacer una serie de llamadas con mis contactos para retener y asegurar la locación o sobre la marcha ver y determinar un nuevo horario; al final de cuentas el cine está lleno de esas tribulaciones: sobrepasar estratosfericamente el presupuesto establecido, “scoutings” y/o “castings” improductivos con el inicio de la filmación encima, el plan de trabajo vaticinando un fiasco cuándo ya se está yendo en contra de éste, falta de equipo o accidentes con el mismo en momentos cruciales; la repetición “ad nauseum” de cierta toma o crews peleados a muerte terminado el rodaje provocado por la falta de sueño, el hartazgo, el stress, el convivir con las mismas personas durante varias semanas completas y continuas, y el desajuste de horas trabajando. Todo eso y mucho más, se debe resolver con rapidez, ingenio, talento y serenidad cómo si de un monje zen se tratara.




No muy recientemente, cuándo me tocó la oportunidad de dirigir “Sexo, Mentiras y Videohome”cómo trabajo final de un semestre en la Universidad; tuve que sortearlo todo: mis compañeros franca y honestamente odiaron la simple idea de hablar acerca de un director del cuál no tenían ni la menor puta noción de quién era, pero que les sacaba salpullido al enterarse que estaba dentro de la nunca bien ponderada industria del videohome. Ellos hubieran preferido a un tatuador oaxaqueño con su particular filosofía de vida entre el hippismo y el existencialismo de bolsillo. El desagrado se acentuó cuándo todos conocieron al ya citado Christian González con todo y familia en su propia casa, y nadie pudo disfrazar su intención de huir lo más pronto de ahí. No dudo que lo hayan tildado de un viejito pirado; por lo que todos participaron por obligación, nunca por gusto.




A éste primer obstáculo, le tuve que sumar en sólo tres días; que se debió cambiar la locación más importante en cuestión de horas (originalmente se realizaría la mayor parte de la entrevista en su propia casa por comodidad y facilidad, pero la administradora de la privada dónde él vivía, lo impidió, creyendo que irrumpiríamos con un arsenal de equipo, una flotilla de camiones y alteraríamos el orden y la paz de todos los vecinos, por lo que se llegó a la conclusión de que se hiciera ese segmento en la casa de la abuela del productor); a punto de comenzar a entrevistar a mi personaje en una locación exterior, que tenía de fondo un altar a la Virgen de Guadalupe (supuestamente para representar mamonamente la idiosincrasia que refleja su cine), empezó a llover, por lo que se tuvo que improvisar una lona y cuándo ésta se encontraba lista, llegó una vendedora de raspados ahogada en alcohol llorando inconsolablemente, tirándose al suelo, instalándose con gran tino en pleno altar, mientras el que parecía ser su esposo, trataba de llevársela entre jalones, gritos y regaños; y cuándo por fin aquel hombre retiró a la señora, la entrevista comenzó con fallas eléctricas y las luces fueron intermitentes durante toda la charla.




Si eso no fuera suficiente, la mitad de mis compañeros estaban drogados con ácido, tuvimos serias dificultades para grabar una secuencia en un puente peatonal por falta de experiencia trabajando en exteriores, por un error de dedo se grabó encima del final de dicha secuencia, cuándo se estaba en proceso de edición, era notorio que en gran parte de la película, el lente de la cámara estaba sucio y el sonido estaba desincronizado, teníamos poco material de “stock” para ilustrar las palabras de mi entrevistado, el primer corte era caótico (entre videohome mercachifle y cortometraje amateur), mientras que una segunda aproximación era a duras penas aceptable (más por ciertas viñetas con declaraciones inspiradas y anárquicas de mi personaje, dónde no dejaba títere con cabeza; que por otra cosa).




Esa experiencia, siendo responsable de estar al frente de un proyecto, más todas las que viví durante dos años en trabajos (inter) semestrales con el resto de mis compañeros; me curtieron para no perder la compostura en momentos de crisis (vamos, quedamos –a la fecha– sin terminar un cortometraje). Precisamente la amistad con el mismísimo “Rey del Videohome” me enseñó que el cine no es el glamour para la “gente bonita” que según él, transformó el medio en un capricho para quinceañeras: todos quieren su fiesta/película pomposa a cualquier costo para presumir a sus amigas pobres y primas fresas… perdón, quise decir a los colegas y a la prensa. Así que aprendí que siempre habrá a la mano una solución buena, bonita y barata. O parafraseándolo, “CON UNA CÁMARA Y UN CULO, HACES UNA PELÍCULA”.




Pero ni comer atún por dos semanas o dejar de bañarme por varios días, me habían preparado para hacerme a la idea de poder quedarme sin la única persona con la que contaba en esos momentos. No tenía un plan emergente si ésta situación llegaba a presentarse. De éste modo, el segundo intento al día siguiente se convertía en determinante: era prácticamente un hecho de que no existiría margen para una tercer oportunidad. A la mañana siguiente, la presión ofuscaba. La dilatación de los minutos, esperándola en la esquina pactada, sólo acrecentaba el nerviosismo. Y en el aire se respiraba un ambiente pesimista.




Brittany nunca llegó.




Nuevamente me encontraba en el piso. Y con la caída, el desencanto volvió. ¿Qué había hecho mal? ¿Qué más necesitaba hacer? ¿Qué detalle había ignorado? ¿Qué arista debía de plantear? ¿Qué alternativa debía de tomar?




Había pasado dos semanas desde mi caída y un mes desde la última que vez que asistí a La Tentación. Regresaba inseguro y acomplejado. Debía de comenzar otra vez de cero, aunque sin saber a ciencia cierta cómo hacerlo. No obstante, sólo bastaron dos días para responder todas mis interrogantes y poderme dar cuenta que mi derrota estaba cantada antes de comenzar. Y todo se lo debo a MARTELL.

sábado, 12 de julio de 2008

NOCHE 20 - 24 HOUR PARTY PEOPLE.

Sólo pasó un día y regresaba a La Tentación…aunque en ésta ocasión yo era el que me presentaba en condiciones lastimeras. Unas horas antes había estado tomando cantidades industriales de cerveza, y cuándo menos me di cuenta, ya me encontraba bailando ridículamente “Hung Up” de Madonna, aplaudiendo frenéticamente y gritando a todas las bailarinas que subían a la pista y teniendo serias dificultades para hilar más de cinco palabras coherentemente.

Poco que rescatar... a no ser por un pequeño detalle revelador: entre mis desfiguros me tocó conocer a LISSETH, otra amiga de Alexandra la cuál me reconocía fácilmente y me presumía que ella sabía del regalo y los motivos del por qué Alexandra me lo dio.

Lisseth (¿dijo que se llama realmente Anahí?) me confirmaba que Alexandra sentía cierta simpatía por mí... aunque al igual que Brittany desconocía la razón. Además comentaba de que aún no conociendo a Alexandra, era evidente dicho sentimiento, por lo atípico del caso, poniendo su propia experiencia cómo ejemplo: si ella hubiera estado en la misma situación, nunca se le hubiera ocurrido hacer algo parecido; si ella hubiera sido la victima de las agresiones de un cliente ebrio, sólo habría habido una solución viable: mandarlo invariablemente a la verga y comenzar con el que sigue. Lo dicho: el lugar no tiene memoria.

Con todo lo sucedido y revelado en sólo unos días, sólo me quedó cuestionar:

1.-
¿Qué necesidad tiene la mujer más popular del lugar de hablarle por teléfono, pedirle disculpas por un incidente tan rutinario e incluso comprarle un obsequio a un tipo que sólo ve una vez a la quincena y el cuál no se caracteriza por dejar hasta la camisa, para asegurarlo; cuando lo que le sobra son hombres que la solicitan, revientan hasta las mil y gastan en ella cantidades estúpidas de dinero continuamente?

2.-
¿Cómo debería de estar el plan fríamente calculado, para que me diera el regalo, aceptara las disculpas y asistiera aún con más frecuencia exclusivamente para verla?

Sin embargo, y aún con las palabras de Brittany y Lisseth, todavía no me quedaba muy claro a qué se debía todo esto. Una vez más, el tiempo arrojaría las respuestas.



Lo que decidí en ese momento fue dejarlo como estaba, queriendo ignorar la razón real y mejor concentrarme de una vez por todas con “Noche Efímera”.

Tendría entonces, que conocer y enfrentar mis primeras vicisitudes reales iniciando precisamente con Brittany.