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sábado, 12 de julio de 2008

NOCHE 20 - 24 HOUR PARTY PEOPLE.

Sólo pasó un día y regresaba a La Tentación…aunque en ésta ocasión yo era el que me presentaba en condiciones lastimeras. Unas horas antes había estado tomando cantidades industriales de cerveza, y cuándo menos me di cuenta, ya me encontraba bailando ridículamente “Hung Up” de Madonna, aplaudiendo frenéticamente y gritando a todas las bailarinas que subían a la pista y teniendo serias dificultades para hilar más de cinco palabras coherentemente.

Poco que rescatar... a no ser por un pequeño detalle revelador: entre mis desfiguros me tocó conocer a LISSETH, otra amiga de Alexandra la cuál me reconocía fácilmente y me presumía que ella sabía del regalo y los motivos del por qué Alexandra me lo dio.

Lisseth (¿dijo que se llama realmente Anahí?) me confirmaba que Alexandra sentía cierta simpatía por mí... aunque al igual que Brittany desconocía la razón. Además comentaba de que aún no conociendo a Alexandra, era evidente dicho sentimiento, por lo atípico del caso, poniendo su propia experiencia cómo ejemplo: si ella hubiera estado en la misma situación, nunca se le hubiera ocurrido hacer algo parecido; si ella hubiera sido la victima de las agresiones de un cliente ebrio, sólo habría habido una solución viable: mandarlo invariablemente a la verga y comenzar con el que sigue. Lo dicho: el lugar no tiene memoria.

Con todo lo sucedido y revelado en sólo unos días, sólo me quedó cuestionar:

1.-
¿Qué necesidad tiene la mujer más popular del lugar de hablarle por teléfono, pedirle disculpas por un incidente tan rutinario e incluso comprarle un obsequio a un tipo que sólo ve una vez a la quincena y el cuál no se caracteriza por dejar hasta la camisa, para asegurarlo; cuando lo que le sobra son hombres que la solicitan, revientan hasta las mil y gastan en ella cantidades estúpidas de dinero continuamente?

2.-
¿Cómo debería de estar el plan fríamente calculado, para que me diera el regalo, aceptara las disculpas y asistiera aún con más frecuencia exclusivamente para verla?

Sin embargo, y aún con las palabras de Brittany y Lisseth, todavía no me quedaba muy claro a qué se debía todo esto. Una vez más, el tiempo arrojaría las respuestas.



Lo que decidí en ese momento fue dejarlo como estaba, queriendo ignorar la razón real y mejor concentrarme de una vez por todas con “Noche Efímera”.

Tendría entonces, que conocer y enfrentar mis primeras vicisitudes reales iniciando precisamente con Brittany.

miércoles, 9 de julio de 2008

NOCHE 19 - UN REGALO CARGADO DE DELIRIO.

Una quincena había pasado desde la llamada de Alexandra y regresaba a La Tentación.

Asistía con ciertas reservas y dudas. Es cierto, era frecuente que Alexandra al despedirse de mí, afirmara que me tenía un regalo, pero hasta ahí llegaba la promesa. Llegué a escuchar tantas veces aquello, que ya lo tomaba sólo cómo un “rolling gag”, cómo una despedida amable. Punto. Y la petición cuándo me habló, la quería ver cómo una manera de quedar en paz.


Además, ¿qué posibilidades había de que una teibolera se tomara la molestia de comprarle algo a un cliente por un incidente tan frecuente en su ambiente cómo lo es ponerse hasta el culo? Al final de cuentas, es tácito que a la hora de asistir se está expuesto a ese tipo de inconvenientes.

Pero bueno, después de recibir un par de horas antes, un mensaje que decía “No vayas a faltar mi flaquito”; ahí me encontraba nuevamente.


Yolanda no tardó en saludar y prometer que traería a Alexandra. Cuándo ésta llegó a mi mesa, noté que traía algo en las manos y lo trataba de ocultar. Y la promesa se cumplió; sí había un regalo sorpresa dentro de una pequeña bolsa: una chamarra negra que reflejaba su estilo.

No tenía palabra alguna hacia ella. La emoción me lo impidió. Sin embargo, una serie de preguntas revoloteaban en mi cabeza: ¿Qué significa el regalo? ¿Qué trata de demostrar con esto? ¿Es porque siente empatía hacia mí? ¿Es sólo para limpiar su culpa? ¿Lo ha hecho por mero interés? ¿Por celos?

Sí, copas, muchas copas compradas, mientras escuchaba la repetición de la llamada por teléfono. Sí, varios ticket table demasiado...acalorados (¿Uno? ¿Tres? ¿Seis? ¿Acaso importa? Para la mañana siguiente ninguno de los dos recordaremos nuestro descrédito ¡Así que a soltarse la greña y que se joda el mundo!).

En el momento, en el que Alexandra se retiró para prepararse a ejecutar una de sus características presentaciones; su amiga BRITTANY llegó a mi mesa, para saludar, pedirme que le dejara ver la chamarra y preguntarme qué me había parecido el detalle. Ella ya sabía con antelación del mismo y en secreto me decía una cosita inquietante: Alexandra me había dado el obsequio porque ella sentía cariño hacia mí…aunque la razón la desconocía.

La noche terminaba. El regalo revolucionó las cosas. Alexandra se despedía pidiéndome que para mi siguiente visita nuevamente le avisara mi plan, porque todavía le quedaba algo pendiente por darme. El aparente motivo del porque estaba teniendo esas atenciones conmigo, trastornaba todo. Ya en la mañana en mi casa, dispuesto a dormir, recibía a mi celular un mensaje que decía:

“Que tengas buen día. Te quiero mucho”.

Si bien es cierto, no podía considerarme cómo la primera y única persona que recibía un gesto de esta naturaleza por parte de Alexandra (realizados por amistad, por estar enamorada, por conveniencia, por mera diplomacia); los que gozaron de ese privilegio, se contaban con los dedos de las manos… y ahora yo era uno de esos dedos.

Curiosamente, pasaron sólo unas cuantas horas para regresar a La Tentación y con ello pude confirmar esto y enterarme por conducto de otra amiga de Alexandra, el motivo del regalo… o en todo caso, su punto de vista del por qué lo hizo.

viernes, 14 de marzo de 2008

NOCHE 05 - DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS DE UN VOUYERISTA.

Ok. Para resumir, sí, una noche con Esmeralda es la cosa más rara del mundo. Listo.

Ahora sí, tenía que concentrarme y pensar en los puntos a tratar en mi documental.

Por lo pronto no quería que fuera moralista y que reprobara que unas cuantas “chicas inocentes arrastradas por las circunstancias”, se quitan la ropa por dinero, mientras que “viejos sucios” las observan y manosean libidinosamente.

Tampoco deseaba que fuera sensacionalista y denunciara la explotación que reciben menores de edad y mujeres que residen ilegalmente el país, así como los negocios turbios que se manejan en las entrañas del lugar: prostitución, venta de alcohol adulterado, lavado de dinero, narcotráfico, sobornos, lugares con falta de seguridad y protección civil, permisos clandestinos para operación de establecimientos y un largo etcétera.

Cómo me parecía vil y cobarde, la explotación morbosa para regodearse en las miserias de estos personajes marginales, totalmente descartada quedaba esa opción.

Y mucho menos pretendía que fuera efectista y se viera en primer plano cómo alguien sacaba de su vagina un hielo y lo depositaba en un vaso sin la menor evidencia de remordimiento.

Para no volarme tanto, lo que pretendía era que aquel que viera “Noche Efímera”, oliera el particular aroma que se percibe desde los primeros segundos que se entra a un table dance: una inconfundible mezcla de sexo, feromonas, alcohol, cigarro, sudor y perfume corriente.

Que el público conociera a la chica más popular del lugar y su historia. Y también a todas las “Esmeralda” que pululan por allí y por allá, mendigando lo que sea. Y ¿por qué no? que viera quiénes son las personas que asisten puntualmente para gritar “¡Pelos, pelos!”. Igual se identificaba. Igual se sorprendía.

Que confirmara que en todos los table dance que existen, tanto las boleteras como los DJ’s son intercambiables. No tengo ni la menor puta idea del por qué; pero el hecho es que prácticamente todas las boleteras son idénticas físicamente (jóvenes, ligeramente pasadas de peso, estatura mediana y una timbre excesivamente chillón) y los DJ’s tienen el mismo tono engolado de voz y el mismo estilo para decir frases tan “inspiradas” cómo “…continuamos con Galilea en su momento a flor de piel...” o “…Pamela no se va a quitar la tanga si no le aplauden...”. Quizá yo nunca me enteré y sea requisito el físico para ellas y decir ese tipo de comentarios para ellos si se quiere trabajar ahí. O sea ¿A flor de piel?

Que el espectador apreciara lo naif de la decoración y también escuchara el pop de moda, teniendo una sorpresa musical (siempre hay una sorpresa musical) reservada al final; quizás italodisco bizarro o a lo mejor un clásico cómo “Lullaby” de The Cure o “Where is My Mind?” de los Pixies. Si uno cómo cliente, no sabe a bien que le depara la selección musical, mucho menos el espectador.

Quería hablar de la diversión que genera ir a un table dance, así como de la decepción que provoca que la joven que te prende no esté en tu mesa porque se encuentra ocupada. Del gusto que tiene esa chica porque se sabe deseada y le alza su vanidad, así como del sinsabor para otra, de toparse que las cosas no están funcionando cómo ella desea.

Mientras escribo esto, me doy cuenta de lo obvio que era mi propuesta.


Total, ególatramente tenía una ventaja: el haber pasado dos años estudiando la carrera de Realización Cinematográfica, agudizó mi capacidad de observación; más analítica y sagaz (Debo de registrar el mundo entero de un sólo reojo para que no se me escape ningún detalle por ínfimo que éste sea. / Atisbo por su mirada, que la chica con la que me topé rumbo al baño, carga un gran dolor. / Supongo que las intenciones del grupo de amigos que acaba de entrar son las de agarrar nalgas. / ¿Me conviene entablar una conversación con la mujer que acaba de sentarse en mi mesa? Digo, después de lo que expuso en la mesa contigua, quiero creer que en cinco minutos se acabará su bebida y no me dirá ni su nombre. No, mejor ni me arriesgo. / ¡Vaya! Al parecer el señor que se encuentra al fondo, está disfrutando demasiado el ticket table que acaba de pagar. Creo que ya es el quinto. Y la chica, en lo suyo, concentrada. Debería de haber un tratado metafísico que busque la verdad absoluta acerca del ticket table: ¿qué elementos debe de contener uno para que se pueda decir que es bueno y un cliente quede satisfecho? ¿Qué lleva a un hombre a gastar la quincena entera para que una chica en particular le restriegue su humanidad por un par de minutos? ¿Cuántos de los aquí presentes han sufrido eyaculación precoz o disfunción eréctil apenas la chica se sube en sus piernas? Ellas, en caso de que esto se presentara, ¿lo evidenciarían? / ¿Es mi imaginación, o es la tercera vez en una hora que el DJ pone “Hotel California” de The Eagles? / Esa tanga está a punto de caer y la chica del sinuoso y transpirado cuerpo sabe que su momento es ahora...) y de entendimiento (Atento. En cualquier momento, vendrá un haz de sutilezas, comentarios que se quieren subliminales y dobles sentidos dichos por ellas; y estoy obligado a captarlos con facilidad para descifrar el lenguaje y los códigos propios del recinto).

Éstas aptitudes fueron las responsables de las demasiadas experiencias vividas al interior de ese y otros table dance en los meses posteriores: la penosa noche que terminé completamente encuerado en medio de la pista por iniciativa de una repulsiva brasileña ya entrada en años; esa infame velada que súbitamente terminó cuándo fui golpeado en el rostro por una agresiva venezolana totalmente perdida en el alcohol; el pasar imperceptible del crepúsculo al amanecer con “Careless Whisper” de George Michael al fondo, contemplando el desfile de todo tipo de personas en mi mesa (altivas, agradables, acomplejadas, guapas, poco atractivas, fastidiosas, divertidas, inteligentes, jóvenes, viejas, cachondas, reacias, cínicas, promiscuas, sencillas, chismosas, discretas, femeninas con un aroma especial, descuidadas apestando a sudor…) y en toda clase de estados (borrachas, excesivamente drogadas, deprimidas, eufóricas, enojadas, preocupadas, alteradas…); las charlas que se quedaron en mero exordio cuándo advertí que le caí pésimo a algunas de ellas; la arritmia que caracterizó mis ridículos intentos de bailar salsa o pasito duranguense con ficheras que inoportunamente llegaron a mi mesa cuándo los primeros acordes de la canción se dejaban escuchar; los inmorales perreos que protagonicé con los que me sentí sucio a la mañana siguiente; ese engolosinamiento que me costó terminar debiendo dinero ante los ojos reprobatorios de la gerencia del lugar; la variedad de lugares que exploré cómo un cazador solitario ávido de lo inesperado; la zozobra provocada por un ticket table comprado al no saber si había pagado por lo memorable o lo innombrable; mi impotencia que permaneció indeleble un par de días por haber sido impunemente estafado; el hálito arrancado cuándo ellas me dedicaron espontáneamente su presentación; la noche y sus límitess que me ofrecieron amores improbables...

Lo que procedía entonces era sostener mis argumentos pragmáticamente; demostrando que lo dicho no sólo era una bola de tonterías.

Empero, en mi camino tuvo que atravesarse ALEXANDRA. Y a partir de ahí, ya nada fue igual.

NOCHE 04 - DAME UN SÓLO BESO QUE DURE MÁS QUE UNA MENTIRA.

Sin proponerselo, Esmeralda me había obsequiado la respuesta que yo andaba buscando.

No soy un experto, pero sí puedo presumir que le sé a esto del cine muy cabron. Así que en mi fase petulante de incipiente crítico de cine en medios electrónicos (todavía inofensivo, pero crítico al fin y al cabo); odio la última “olita” de documental mexicano. Así de sencillo. Siento que sí es LA tomada de pelo.

En general no me convence: “Niños de la Calle” (Eva Aridjis, 2002) es un maniqueo trabajo académico que se conforma en tratar de estudiar el fenómeno de la marginación, representado en la figura de cuatro niños de la calle; pero sin la posibilidad de aportar soluciones estructurales viables ni intervenir realmente en ellas.“Toro Negro” (Carlos Armella y Pedro González-Rubio, 2005) es por su parte, un pasivo trabajo acerca de Fernando Pacheco “El Negro” también apodado como “El Suicida”; un improvisado torero de feria en el sur del país; alcohólico, con serios problemas de violencia intrafamiliar con su esposa varios años mayor que él, segregado del grupo que se dedica a la tauromaquia en corridas ambulantes por ser considerado meramente un bufón para dicho arte y con varias aspiraciones al parecer irrealizables. A su vez la sobrevalorada “En el Hoyo” (Juan Carlos Rulfo, 2006) es una insustancial colección de viñetas y anécdotas protagonizadas por un puñado de los miles de obreros que trabajaron en la construcción del Segundo Piso del Periférico en la Ciudad de México. Mientras que “1973” (Antonino Isordia, 2002 - 2005) es un rosario de desgracias a las que se han visto arrastrados a través de su vida, tres personajes diametralmente opuestos pero que los une haber nacido en el año que indica el título; cómo si de un error de raíz se tratara.

A todas éstas (junto con gran parte del resto de la “olita”), las caracteriza una irresponsabilidad explotando las miserias humanas, el declive moral y el infortunio de sus personajes lumpenes, pero siempre vistas a distancia y con cierta condescendencia. Cine hecho por y para burgueses acerca de temas que no les atañe y ambientes que ni de lejos conocen. No es casualidad entonces, que no se les crea nada, de lo que se ve en pantalla.

Así que, con lo aprendido en los últimos años, en ésta fase, junto a la lúdica de consumir cómo enajenado todos los documentales que se me cruzaron en el camino; sabía por lo pronto, qué era lo que no quería del mío y qué era lo que debía de evitar a toda costa.




Un par de semanas después de haber visto cómo Esmeralda se derrumbaba una vez más, regresé a La Tentación.

Y ahí la veía. Intentando. Presumiéndose. Luciéndose. Pero el resultado seguía siendo el acostumbrado. Por ende, era de esperarse que tarde o temprano, ella se sentara en mi mesa.

Y llegó. A la fecha desconozco qué demonios se atravesó en mi cabeza en esos momentos, que acepté sin dudar que se quedara conmigo hasta el amanecer. Ahora que lo pienso, pudo ser que por primera vez preguntaba con un tono manierista “¿Puedo acompañarte?” Mmmmm… sí, quizá fue eso.

Debo de confesar que fueron unas horas entre bizarras y divertidas. Digo, sí fue muy gracioso ver la “personalidad múltiple” de Esmeralda. Primero se deshacía en halagos. Después sentía culpa por pedirme copas. Más tarde se deprimió porque al parecer su hermana YADHIRA (parentesco el cual nunca me quedó del todo claro: ella insistía cada vez que tenía oportunidad, que eran hermanastras, situación que se recalcaba porque no había parecido alguno: ni en facciones, ni en color de piel, ni en estatura, ni en complexión, ni en nada. O sea, con Yadhira sí te nacía decir orgullosamente “¡Merezco!”; pero es muy común en ese ambiente llamarse “prima” o “cuñada”, vaya a saber uno por qué; así que su fraternidad era en cierta manera dudosa); me conocía (pero yo no a ella).

Inmediatamente después, se encontraba, no enojada, sino franca y abiertamente encabronada, porque tuve el mal tino de regalarle un cigarro a una empleada.

Ya entre lo patético y lo vergonzoso, cada vez que le negaba una nueva copa, se iba indignada cómo si le hubiera dicho el peor insulto de su vida y después de su peregrinaje infructuoso, regresaba para ver si la perdonaba por su comportamiento y nuevamente la aceptaba. El colmo fue cuándo me exigió que no viera a ninguna otra persona. Todo era, reitero, muy divertido.

Pero por otro lado nuevamente ese sentimiento incomodo regresó. Entre el alcohol, entre el perreo, entre los chistes y sí, también entre las caricias, me percaté de algo que tenía en mis narices: lo único que necesitaba Esmeralda, era que alguien le brindara atención desinteresadamente y así se pudiera abrir.

Así supe que su nombre real era JACQUELINE. Su esposo la golpeaba y después la abandonó teniendo una relación autodestructiva y de dependencia con él. También conocí su situación económica, que cómo ya era de suponerse estaba del carajo, tomando en cuenta que debía de mantener a un hijo adolescente. Apenada confesaba que tenía que trabajar hasta los lunes. Para entender la magnitud del problema; trabajar un lunes es de las peores cosas que le pueden pasar a una teibolera. ¿Quién va un lunes a un table dance? Yo cometí un par de ocasiones el error de ir en lunes, y sí es súper decadentoso el ambiente.

Ahí estaba pues, protagonizando una de las tantas historias que se gestaban diariamente en La Tentación. Sentía que mi documental podía por lo pronto, ser sincero. La visión de un cliente que habla con conocimiento de causa. Un punto ganado. Un paso dado.

Esa noche, también originó otra cosa; el nombre definitivo para el proyecto, uno más ad hoc: “NOCHE EFIMERA”.