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domingo, 11 de octubre de 2009

NOCHE 22 - LA INSPIRACIÓN ES ENTELEQUIA (SEGUNDA PARTE).

Me encantaba utilizar el Soy director de cine ante una teibolera. Entre tanto burócrata, ejecutivo, abogado, estudiante de carreras más convencionales…y uno que otro narcotraficante; el que conocieran fugazmente a una persona que pertenece a un círculo ignoto, entre lo artístico y lo intelectual, era infalible para atraer su atención sirviendo cómo preludio de una conversación. Con tal introducción adventicia, trastocaba el protocolo con el que tratan a todos los que conocen; había mucho escepticismo representado en la observación “Pero estás muy chavo ¿no?”; pero también mucha curiosidad; sintomáticamente empezaban las preguntas: “¿Qué tipo de películas haces?” o “¿Se estudia para hacerlo?”; ya muy clavadas, interrogaban “¿Cómo se hace un guión?” o “¿Cómo consigues el dinero para hacerlas?”; y claro, como estudié una carrera, consideraban que automáticamente sabía absolutamente TODAS las respuestas y que estaba autorizado para dar opiniones especializadas, por lo que no era raro el “¿Qué piensas de Guillermo del Toro? Es muy talentoso ¿no?” / “Fíjate que mis películas favoritas son Voces Inocentes y Fuera del Cielo...de seguro para ti son unas mamadas, pero a mí me gustaron / ¿Cómo se llama el actor de Casablanca?/ y la reina de las preguntas: “¿Te gustan los documentales? ¿Y por qué no haces un documental acerca de niños de la calle? Es un buen tema y además nadie habla de los niños de la calle. ¿Te imaginas si los políticos en vez de gastar millones en campañas, dieran ese dinero para comida, una cobija…unos zapatos?…pero a nadie les importa los niños de la calle…” (¿Qué demonios les sucede con esa fijación con los niños de la calle, eh?).


Ante esta avalancha de cuestionamientos, solía “bluffear” un poco al respecto: hablaba de festivales internacionales, adoptaba mi fase de crítico exquisito y me regodeaba arbitrariamente en términos como “jump cut”, “widescreen” o “steady cam”, muchas veces sin ni siquiera explicar a ciencia cierta de qué se trataban, para mantener el misterio al asunto; aunque sabiendo mis límites. O sea, no presumía de llevarme de pellizco y nalgada con Gael García Bernal y Diego Luna, por qué además de arrogante, hubiera sonado inverosímil. Es lo bueno de presumir acerca de un tema que dominas, siempre sonará convincente lo que digas y sabrás hasta dónde puedes llegar. Algunas se mostraban atraídas y entusiasmadas (sí, sí, entre la atracción del “personaje” y el entusiasmo de la “persona”). Otras sólo me seguían la corriente: ni pleitesía ni reverencia. Eso sí, lo que sigo sin comprender es por qué cuándo terminaba de pronunciar “director de cine”, todas se aventaban el mismo “Ya sabes, si necesitas una actriz aquí estoy yo”. Y Martell no fue la excepción. 


viernes, 19 de septiembre de 2008

NOCHE 21 - LA INSPIRACIÓN ES ENTELEQUIA (PRIMERA PARTE).

Debo de admitir que estuve en serios problemas a la hora de decidir cómo continuar la historia. Después de darle muchas vueltas al asunto, opté por hablar de la inquietud con la que no pude luchar en mi periplo: ¿Cómo poder separar tajantemente el aspecto profesional con el aspecto personal? ¿Cómo no involucrarse hasta volverse loco si lo primero que se necesita es generar confianza y crear vínculos? ¿Cómo ver todo tan frió cuando una persona se está abriendo? Simplemente me resultó imposible.



Era más que entablar una conversación o comportarse a medio camino entre la benevolencia y lo escrupuloso. Era hacer propio todo lo que esa persona deseaba que supiera. Era querer confiar. Era darse cuenta que ya estaba en medio de la compleja formación de una relación humana. Era desdoblar mi personalidad y convertirme para esa persona, en su amigo, su confidente, su psicólogo. Era simplemente asumir el hecho de que había creado sentimientos y los había expuesto. Era aceptar que ya no sólo me podía considerar un cliente conocido o un mero vouyerista; sino un personaje más dentro del entramado mismo.




Aquí cabe entonces, un movimiento astuto: explicar cómo el inicio de mi derrota con el documental estuvo relacionada proporcionalmente con mi edad, mi físico, mi carácter y el haberme creido mi papel de humanista con cualquiera a la que le hablara.



La primera vez que visité La Tentación, entré con un semblante que exhibía inexperiencia; perfecto para ser víctima de la ordinariez de la primera mujer que me topara que estuviera bajo ese (falso) barniz de “devora hombres”. Esa mujer resultó ser Brittany.



Intimidación (“Y ese niño ¿quién es?” preguntaba al mesero, mientras me apuntaba de forma nada discreta y con un tono abiertamente burlón) y provocación gratuita (“Te presento mi clitoris” y en efecto, mostrandome su sexo en todo su opulento esplendor). ¡Vaya combinación! Sobra decir que al principio me cayó demasiado mal. Como si tratara de dejar en claro que no se iba a formar ningún nexo; Brittany, invitó a la mesa para que se “encargara” de mí a ZARA.



Zara toda frivolidad, toda arrogancia; fue la primera en hacerme ver y reconocer mi estigma: mi personalidad estaba en las antípodas del ambiente por el que sentía una rara fascinación. Mis “defectos” listos para que ellas lo vieran con cierta extrañeza: modales y falta total de malicia. Los rasgos a señalar obligadamente: mi escasa edad, así como mi apariencia inofensiva.



Ahí está revelada (¡por fin!) una de las claves del porque todos los involucrados en La Tentación/El Escándalo me conocían y notaban cuándo me encontraba con Alexandra: simplemente me convertí en la curiosidad del lugar. Y es que realmente existía un fuerte contraste entre su estridencia y mi comedimiento. Desde su llegada a El Escándalo, Bárbara supo cómo canalizar mi timidez para sentirse dueña de la situación.



Y en medio, los papeles se invirtieron: el trato agresivo de Brittany y Zara cambió a uno más accesible. O al menos, sin tanta sorna. De ahí entonces, es dónde eventualmente, se vislumbraría una buena oportunidad para iniciar a entrevistar a alguien.



Ya había aceptado para ese entonces el hecho de que Alexandra no sería la gran estrella de “Noche Efímera”…pero sí mi perdición. Tal vez desde siempre había sido mala idea pensar que las historias de ellas llegarían a mí de forma espontanea. Era momento de cambiar 360º la estrategía y ahora ser yo quién fuera en busca de ellas. Era el punto justo de conjuntar calicatencia, prosapia, enjundia y atreverme con… Zara.



Zara. La encantadora persuasiva.



Zara. La primera protagonista de la fugacidad onanista.



Zara. La nueva decepción.



Si párrafos previos escribí acerca del conflicto que me implicó dividir al “sujeto de estudio” extraido del aspecto profesional y el “ser humano” conocido en el plano personal; me veo obligado a escribir cómo el contacto gradual con Zara, magnificó dicho dilema: ¿Dónde termina la actuación del “personaje” y empieza el comportamiento de la “persona”? ¿Pesa más el interés económico que su sensibilidad? ¿Están peleados sus códigos de trabajo con la autenticidad? ¿En verdad todo está conectado sólo por el fluir del dinero, el consumo de alcohol, la artificialidad del ambiente y el hedonismo? ¿Pueden existir los valores dentro del lugar? (¡Uffff, ya me mareé yo solito!)



Yo sabía de antemano del humor voluble de Zara a causa de su adicción a la cocaína. Así que prometerme entusiasmada una y otra y otra vez, querer ser entrevistada, no era ninguna garantía. Si la relación con Alexandra era de por sí, bastante peculiar; la que llevaba con Zara sólo hacía que confirmara que me estaba involucrando peligrosamente con personas que si bien, eran el alma que necesitaba “Noche Efímera” por ser protagonistas de situaciones límite, las cuáles yo por alguna desconocida razón, estaba convencido, podía tratar con seriedad y respeto, despojándolas de cualquier morbo; sólo la estaban llevando a dar tumbos sin dejar nada en claro y dirigiéndola a nuevos e insospechados derroteros.



Sin embargo, ahí me encontraba recibiendo toda clase de palabras recargadas de zalamería, besos y abrazos efusivos; a la par que ella afirmaba que tenía apenas 19 años de edad; que su vida estaba dividida entre La Tentación, mantener desde un año atrás un noviazgo “formal”, tener dos amantes; uno que le servía de consuelo cuándo del primero no recibía el amor que ella esperaba y otro que utilizaba por cuestiones meramente económicas; terminar la preparatoria y pensar en ingresar a la Universidad para estudiar Derecho (¿Por qué demonios me está diciendo todo esto? ¿Será para que me vaya enterando con quien estoy tratando? ¿Lo está soltando por qué explotó y quiso decírselo al primer idiota que se topó? O, ya que quiero inmiscuirme en su privacidad ¿lo comentó para ver si aguanto el chingadazo?). Si dentro de la conversación, perdía el hilo de la misma, la notaba totalmente distraída o se iba a cambiar a camerinos cada cinco minutos; sabía automáticamente que por esa noche todo había terminado con Zara.



De acuerdo, Zara tampoco había sido la respuesta. Si no me equivoco, la última vez que la vi; seguía diciéndome que podía contar con ella cuando yo quisiera (¿Me lo ha dicho todas éstas ocasiones de buena voluntad y en realidad lo único que ha pasado es que no se han dado las condiciones para trabajar con ella? ¿Lo ha hecho de dientes para afuera? ¿De plano, sí se ha metido hasta el dedo todos estos meses? ¡Carajo, debo dejar de pensar tanto!).



Entonces empecé a sufrir una crisis existencial. Había dedicado más esfuerzos en pensar en el regalo ideal para el cumpleaños de Alexandra, exagerar en mi esplendidez con Bárbara, y complicarme la vida con la (pseudo) rivalidad de ambas. “Noche Efímera” se encontraba pues; terriblemente desvirtuada y desgastada.




Lo había echado todo a perder.



(¿Y si acepto de una buena vez, que mi propuesta estaba predestinada a permanecer en el limbo de las buenas ideas que nunca se cristalizan por ser ridículamente ambicioso y mejor emprendo un proyecto más simple?).



Christian González (¡sí, sí, el mismísimo protagonista de “Sexo, Mentiras y Videohome”!); sugería una alternativa atractiva: ir a contracorriente y concentrarme mejor con las madres putativas de las teiboleras: las vedettes. El sostenía la teoría de que al haber sido desplazadas y permanecer sólo en el recuerdo de unos cuántos (1); si uno se acercaba con ellas, argumentando estar sumamente interesado en sus respectivas carreras; aceptarían gustosas y en una de esas hasta soltaban sus últimos ahorros con tal de revivirlas. Además, afirmaba que tenía una ventaja de mi lado: se sentirían halagadas de que un tipo cómo yo, fácil treinta años menor que ellas, se declarara fan de su trabajo. Vaya, hasta título tentativo existía: “SEXO, LIGUEROS Y…CELULITIS”. ¡Wow, como me mataba el título! Pero había algo que no me cuadraba: si de algo me sentía orgulloso, era que realmente sentía amor por el tema y que si algún día veía la luz, se notaria de inmediato. No era pues, un capricho sólo por qué hubiera conocido a un personaje “curiosito” al cual pudiera explotar. Así, que por más seductor que resultara el tema, sentía completamente ajeno ese ambiente y consideraba que sólo sería una falta de respeto para todas estas mujeres y hasta para la bonita pero olvidada tradición del burlesque. En todo caso sería genial que otro tipo se animara en hacer un homenaje a éstas damas y a toda una época. Digamos todos entonces “¡Falta un buen documental de vedettes!” Listo. Ahhhh, pero utilizando ese mismo título, por favor.



(¿Para qué le hago a la mamada? Me estoy sintiendo un fracaso absoluto y quiero encontrar la manera de ocultarlo. Mi búsqueda simplemente me rebasó. Me quedó grande el tema. Todo ha perdido sentido, proporción y estabilidad. Creo que debo de encoger los hombros y proponerme que después del cumpleaños de Alexandra, será la última vez que pise una sucursal del infierno. ¡Eso! Dale su regalo, felicitala, deséale lo mejor y despídete. Deja todo como algo poético. Además, un día especial cómo su cumpleaños, es el marco ideal para la despedida triunfal).



Desde que me enteré, varios meses atrás, de la fecha de cumpleaños de Alexandra, rondaba en mi cabeza el plan perfecto para festejárselo. Tenía que ser el primero en felicitarla llegando con un regalo espectacular. Quedaba automáticamente descartado cualquier objeto que tuviera referencia con el metal, el rock o lo estrafalario. Se me hacía burdo y predecible. No. El mío tenía que ser un obsequio trascendente. Cómo estaba completamente seguro de que al menos otros diez pelados más iban a llegar a celebrarle su día; tenía que adelantármeles. Así que pensé ir una hora antes de que iniciara oficialmente su cumpleaños, optando por ponerme súper cursi y comprarle un ramo de rosas y una pulsera color azul turquesa. Mientras iba camino a La Tentación repasaba una vez más mi discurso que le diría a Alexandra cuándo le diera los regalos y que había ensayado probablemente durante tres meses.



Entrar a La Tentación ese día tenía tintes dramáticos. Temí no poder dar un paso más. Sería la última vez que vería a Alexandra, mientras que de Bárbara, nunca me podría despedir. No más altas sumas de dinero gastadas por meros arrebatos. No más desvelos buscando taciturnamente inspiración entre luces de neón, volutas de humo de cigarro y la inmediatez; creyéndome personaje de Wong Kar – wai. No más dialéctica extraviada con “Glory Box” de Portishead. No más frases sofistas recibidas por parte de ellas. Simplemente había dicho ¡basta!



A la par que ingresaba a La Tentación sin poder pasar desapercibido gracias al tremendo ramo que llevaba; me ponía optimista y pensaba que después de ese último día ahí; podía empezar a expandir el espectro en que me movía y de paso conocer nuevos lugares interesantes. Vamos, no todo en esta vida puede ser mujeres encueradas.



Quizás fuera buena idea, visitar antros gay para escuchar excelente música y jotear sin correa (2).



O bien, ir a cantinas de mala muerte las cuáles siempre son baratas y divertidas.



Tal vez la opción era comprometerme conmigo mismo, a aprender a bailar salsa y merengue y asistir posteriormente a salones tropicalones (3).



Otra alternativa era frecuentar las fiestas pseudo-cosmopolitas en la Condesa, la Roma o el Centro Histórico y codearme con los “party animals”, “fashion victims”, “cool hunters”,“trendsetters” (o cómo ahora se hagan llamar); ese grupito “hipster” conformado por DJ’s, fotógrafos, artistas conceptuales, diseñadores de moda, bloggers, organizadores de fiestas y socialites; el cuál además de su pueril pretensión, está caracterizado porque todos sus miembros son gays (o alardean su bisexualidad) y tiene una necesidad de estar a la moda (escuchando new rave o electro, vistiéndose con ropa holgada fluorescente o que peque de ridícula y extravagante –original, atrevida y “hot” según ellos– y asistiendo al nuevo lugar sensación de la ciudad); sin olvidar que es obligatorio terminar la jornada en (al menos) un after party, –alcohol y estupefacientes varios de por medio– (4).



Podía empezar a volverme fan de los lugares fresas donde asisten chicas que no “pasan la jirafita” (¡No, mejor eso no, puedo terminar acusado de estupro!).



O sencillamente la onda era volver a mi rutina de asistir a maratones de cine de culto, para ver cinco buenas películas por diez horas continuas; convivir así como sostener discusiones bizantinas de lo visto, dentro de los intermedios, con “freaks” igual que yo, teporochos, travestís, pobres diablos y un sequito snob que mama el cine asiático sólo por qué ahora está de moda; mientras tomo un café insípido. (¡Ay, extraño esos días llenos de psicotronia, (s) exploitation, chatarra en VHS, exotismo tercermundista, gore en aspersión, erotismo bizarro, videohomes infectos y musicales fabulosos de Bollywood!).



Después de una hora esperándola, Alexandra se acercaba a mi mesa. El día cero había llegado. Tenía que emplear la retórica y ser acertivo. Le entregaba el ramo de flores el cuál incluía una pequeña tarjeta con una dedicatoria y yo mismo le colocaba en su mano derecha la pulsera que le había comprado semanas atrás. Un abrazo le prosiguió, a sabiendas que ese sería de los últimos que le daría a la mítica “Rockerisima”. Todo parecía estar en orden, pero algo no estaba bien. A mí sólo me quedó interpretarlo con un ¿Eh? Alexandra agradecía los regalos y el detalle de haber recordado su cumpleaños; pero respondía con frialdad. Ella estaba más preocupada en saber cuánto dinero iba a obtener. Tres meses de preparación, dedicación, ensayos, perfeccionamiento e ilusión al respecto; para nada. Le compraba boletos más por patético trámite que por gusto, por lo que ninguno fue minimamente memorable. Permitía que tomara lo que se le hinchara la gana por que mi discurso ya se había difuminado. Todo era mecánico. Bebiendo las últimas gotas de su tercera cerveza, Alexandra se retiraba como si fuera cualquier otro día en su trabajo. Un beso gélido, un “Gracias mi flaquito” muy apresurado y de ahí a saquear al cliente que estaba a nuestro lado. ¡Vaya despedida triunfal! repetía incesantemente mientras salía de La Tentación.



Cómo el Metro todavía no abría, y un taxi me cobraría una tarifa desorbitante; caminé casi por dos horas rumbo a mi casa. Durante todo el trayecto recorría por todo mi cuerpo, un sentimiento incomodo e inexpresable. No era coraje. Tampoco era impotencia o frustración. Se podría traducir en todo caso cómo si me hubieran arrancado “algo” violentamente de mis entrañas.



Llegando a mi casa; sólo daba vueltas en mi cama. Así que, en un ataque catártico me vi impulsado a prender la computadora y escribir. Me importaba muy poco la sintaxis, la lírica y que no existiera un destinatario real para lo que estaba expresando; yo sólo escribía rabiosamente mientras que por mi mente cruzaba desaforadamente la imagen de Alexandra. Hice una lista. En ésta, la acusaba de ser manipuladora, convenenciera, drogadicta, alcohólica, mediocre e ignorante. Por supuesto, todo lo hacía para lastimarla, para olvidarla, para abandonar definitivamente la necesidad de verla.



Terminando de escribir, me daba cuenta que me sentía distinto. Ufanía y liberación permeaban la descarga de palabras. Ya más relajado, me dispuse a leer detenidamente esa serie de maldiciones y reclamos, de los cuales, Alexandra nunca en su vida se iba a enterar. O al menos, eso pensé. Hubo entonces, un hecho que me quitaba del rostro, mi ridícula sonrisa sardónica: todo lo que estaba en el monitor era cierto, pero el cariño hacia Alexandra no desaparecía. ¡Odias esos desplantes, esa intempestividad, pero eso es también lo que te encanta de ella; reconócelo de una vez por todas!, me decía a mí mismo, un par de veces en voz alta. Se escuchaba raro, pero era real. Es gracioso: éste ambiente es sólo un cúmulo de instantes y circunstancias. Todavía es difícil acostumbrarse pero es así. Un día, una chica espontáneamente te da un obsequio, declarandote sus sentimientos; y un mes después pareciera que nada de eso ocurrió. Supongo que el ciclo con ella finalmente terminó.



De ésta manera, nació la obligación de escribir cada vez que lo ameritara, y que surgiera la vehemencia; una suerte de bitácora acerca de mis vicisitudes para hacer el documental, los extraños encuentros que sostuve con mujeres que me volaron la cabeza y… ¿Acaso ésta no es sólo una salida fácil para continuar la historia, mordiéndome la cola una y otra vez?



Reparaba así, que haber escrito esa retahíla de improperios no sólo había servido irónicamente para llegar a los retruécanos de mi mente y poder admitir que Alexandra era una mujer que sin duda me había marcado de una manera muy heterodoxa; sino para comprobar que seguía entusiasmándome hablar del tema y regodearme en la decadencia, lo grotesco y la (auto) destrucción del mismo; cómo si tuviera una imperiosa necesidad de tocar fondo lo más rápido posible. Incluso ahora todo esto, adquiría aires más personales. Concluyentemente, todavía era muy pronto para renunciar a su realización. Yo no veía esto cómo una perversa revancha; más bien, ellas eran la excusa perfecta para volver a la creación de “Noche Efímera”.



Tenía que actuar lo más rápido posible y recobrar todos los meses desperdiciados. Así que, haciendo alarde de una buena memoria; Zara en una de sus tantas (¿falsas?) muestras de algarabía; instaba a algunas de sus compañeras a que escucharan mi (loca) idea. Lo primero con lo que me topé cuándo le mencionaba a alguna de éstas teiboleras la palabra “documental”, es que se bloqueaban, se asustaban peor que en una redada y no entendían por más claro que intentaba ser. No importaba que insistiera que por mi condición de vil estudiante, mi trabajo no podría ser distribuido; en televisión era prácticamente imposible que lo transmitieran y por ende, no podría tener cobertura en los medios impresos y/o electrónicos; ellas por alguna extraña razón, asociaban la palabrita, de la particular siguiente manera: Documental= Televisión. Televisión= Televisa. Televisa= Programa de chismes baratos. Programa de chismes baratos= Secreto revelado ante hijos y/o padres así como desprestigio asegurado.




Era un hecho que hablar de arte con una bailarina era inútil. Cancelado quedaba hablar de géneros, narrativa, estética, encuadres. Nada de eso servía con ellas. Era momento de agregarle algo de mamoneria al asunto. Soltaba por ahí palabras cómo “cámaras profesionales”, “presupuesto”, “experiencia” y términos cómo “trabajo respetuoso” y “filmación seria”.




Parecía que ahí se tenía algo. Sobre todo con la palabra “presupuesto”. Pero su desconfianza rebasaba cualquier suma de dinero. La respuesta tampoco estaba en el dinero, porque éste corrompió en más de una ocasión su integridad física y moral; así que, ese no era un estimulo, sino un insulto. De acuerdo, nunca nadie iba a aceptar mi propuesta, si seguía creyendo el poder soslayar su recelo; solamente a base de la elocuencia bien ensayada y dosificada, tratando de ser tomado en serio. Vamos, debía de dejar la hipercodificación; empleando en su lugar la hiperestesia, proyectando fervor hacia ellas, y no sólo hacia mi trabajo. Así que un poco de grandilocuencia en mi dialogo mezclada con sublimación a su trabajo y un toque de mesura. ¡Voila! Ya tenía su aprobación para eventualmente participar… y sus respectivos teléfonos.



Entre las candidatas se encontraba CORINA; una señora que definitivamente tenía tatuada la palabra “Escoria” en la frente (look anacrónico, tatuaje anti-estético, voz espantosamente chillona, rostro cubierto por arrugas…); aunque eso sí, elegía muy buena música para sus presentaciones: “Raiders On the Storm” de The Doors, “Paint It Black” de The Rolling Stones “Money for Nothing” de Dire Straits y puras rolas de catalogo viejo con las que te nacía el deseo de sacar las playeras negras del cajón. Y por supuesto... también figuraba Brittany.



Entonces, lo más ¿sensato? para mí fue rescatar el teléfono de Brittany y contactarla… ¡chale, hubiera escogido a Corina!




De primera instancia al ver su considerable estatura, su piel trigueña y su tosca fisonomía; cualquiera juraba que Brittany era colombiana, venezolana o incluso cubana. Al escucharla, su acento no hacía más que seguir levantando sospechas respecto a su nacionalidad. No obstante, ella sostienía que nació en Morelia, Michoacán. Probablemente, su lugar de origen nunca se sepa. Lo que sí se sabía es que era una “Diva” obsesionada con el gimnasio y por hablar de las bondades de practicar box. Cuerpo esbelto, piernas torneadas, brazos tonificados, glúteos firmes y senos en su lugar; respaldaban dicha fijación. En otras palabras, tratando de ser objetivo y sincero; físicamente Brittany sí le súper partía la madre a Bárbara. (¡Uy, que políticamente incorrecto sonó eso!).




Así que la estrategia debía de cambiar radicalmente. Atrás habían quedado la analogía del table dance entre la desmitificación de éste cómo mero generador de regocijante fantasía y la doble vida de Alexandra; la cuál de haberse concretado, corría el riesgo de caer en el tremendismo más obvio si no llegaba a la sensibilidad adecuada; o la apología de éste, cómo escenario ambivalente ilustrado por los testimonios del crisol de chicas cuasi anónimas que había conocido a través de los meses, el cuál tenía el problema de poderse volver complaciente si mi complicidad hacia todas ellas, rebasaba a las entrevistas mismas (una tal JAMIE –una señora de físico impresionantemente bien conservado, que hacía unas presentaciones hiper bizarras vestida de arpía o árabe; y que conocí en aquella “LOCA, LOCA ESPECTACULAR BORRACHERA POST-REGALO DE ALEXANDRA; dónde, a pesar de mi estado etílico, pude entender que tenía un hermano enfermo de cáncer de pulmón y así supe que en realidad era AÍDA– o ANAHI –una muchacha que, creo recordar, en realidad se llamaba DENISSE, la cuál era medio famosita en La Tentación, gracias a unas fotos que le tomaron anunciando el lugar y que fueron publicadas en “Noches de Reventón”, una revista de medio pelo. Cuándo la reconocí, a mí sólo se me ocurrió decirle ¡Que buenas fotos! ¿eh? Por la expresión que hizo, pensé que mi comentario no le había causado la mínima gracia y preferí no decir nada más. Sin embargo, la siguiente vez que me la topé, llegó saludando amablemente con un “¡Que buenas fotos! ¿eh?”, convirtiéndose a partir de ahí en un “rolling gag” tonto pero simpático–). Evidentemente también quedaba en el pasado, la declaración de principios del lugar, con su mitología y sus tabúes; teniendo cómo centro de todo ello a Zara. Si de ser franco se trata, a distancia veo todos estos obstaculos cómo beneficos ya que presiento, hubiera terminado en cualquiera de los casos, siendo un ejercicio más bien lúdico e insustancial.




Así, ésta vez el ardid consistía en hacer una disección más terrenal. Adiós a la fatalidad y las situaciones extremas. Esa era la ventaja que me ofrecía Brittany: al nunca haber superado el comentario trivial, no me preocupaba que dentro de la entrevista se me saliera lo subjetivo y que esto en un momento dado se convirtiera en un lastre. No había sentimientos que intervinieran ni empatía que interfiriera. No existían secretos que estuviera expectante en develar. Por supuesto, detrás de ese cuerpo espectacular, subyacía alguna tragedia, un pecado, varias mentiras; pero yo necesitaba a Brittany cómo el “personaje” que conectara con el concepto del table dance cómo escaparate que transita entre lo delirante y lo absurdo (5); a medio camino entre lo popular y la supuesta elegancia: su oropel (6), sus mujeres con nombres falsos, su clientela arrobada por escarceos desalmados (7), las charlas donde se dice todo y nada a la vez…




Así cómo el bar de tradición, atemporal, perdido en su propio espacio (8), con sus fieles y eternos parroquianos, sus tertulias que mezclan lo etílico con lo filosófico, sus prostitutas maduronas que prácticamente nadie hace caso y parecen parte del inmobiliario el cuál a su vez ha visto sus mejores épocas pasar (9); es parte vital de la vida cultural de la ciudad (10); o el salón de salsa con sus clientes expertos en bailar muy arrimado con alguna fichera, mientras un grupo musical de media estofa toca en vivo, hasta que el cuerpo aguante o la última pieza se toque (lo que ocurra primero) es un breve muestrario de la idiosincrasia del país (11); el table dance es un síntoma de nuestra época (12).



La etapa de localizar a Brittany, refrescarle la memoria, asegurarla y concertar una cita para poder entrevistarla; ya anticipaba lo peor. Después de varios intentos, ella contestaba mis mensajes y aceptaba resolutamente participar, pero me indicaba que si deseaba contar con ella, tenía que esperarla al menos un mes, ya que ella se encontraba en…Playa del Carmen.



Brittany desde unos meses atrás, por medio de su representante (porque según la regla #19“EN EL MUNDILLO DEL TABLE DANCE, LA CUESTIÓN ES TENER O NO TENER A ALGUIEN QUE MANEJE TU CARRERA”; ya que significa obtener o no obtener mejores sueldos y condiciones de trabajo más convenientes así como el laborar o no, en lugares de mayor categoría; aunque esto sea también el destinar un 15%, 20% o más de lo ganado, a sus servicios y estar en cierta manera atenida a sus ofertas); estaba probando suerte por una temporada, en un territorio coptado por extranjeras, intentando competir con éstas, para así conocer las bondades de los dólares, que le podían proporcionar señores cincuentones americanos, italianos o suecos (de esos que decidieron pasar el resto de sus vidas en el ostracismo en lugares donde prácticamente no pasa nada) o un grupo de yuppies que va a esos rincones paradisíacos a despilfarrar su dinero.



La espera, en vez de verla cómo un problema, la consideraba providencial: podía pulir y depurar mi nuevo cuestionario y ensayar mi faceta de entrevistador para conseguir que se respirara un ambiente de confianza y así poder sacar fácil y rápidamente buenas respuestas. No necesitaba ser un genio para saber que Brittany se sentiría insegura y nerviosa; que la cámara la intimidaría; que si yo no lograba generarle seguridad (siendo torpe a la hora de hablar o no empleando el tono adecuado); perjudicialmente para el documental, saldrían las respuestas por tirabuzón más que por convicción. No buscaba el cuestionamiento incisivo (¿Qué se siente desnudarte ante un grupo de hombres que lo único que quieren es que te quites lo más pronto posible la tanga? / ¿Le contarías a tu hija acerca de tu ocupación?); ni comprometedor (¿En dónde trabajas? / ¿Cómo es la relación que mantienes con el dueño del lugar?); si no el ambigüo (Describe un día completo en tu trabajo / Cuenta una anécdota al respecto); para que le fuera más sencillo explayarse. Si dentro de sus declaraciones, aparecían confesiones de su trabajo (“Me enamoré de un cliente” / “Envidio a muchas de mis compañeras porque son más guapas que yo”) o tópicos de su vida privada (“Para conservar mi figura, sufro desordenes alimenticios” / “Mi verdadero nombre es…”); sería por su santa voluntad. De hecho, le prometía, entregarle dos copias de la entrevista (una en bruto y otra editada); para que comprobara que no existía manipulación a sus respuestas.



El chiste era hacer una entrevista demo para posteriormente evaluarla y saber si esa era o no la línea a seguir, qué preguntas funcionaban, cuáles se debían de omitir, cuáles reformular y sobre todo si el contenido presumía o carecía de interés. Si todo encajaba, el siguiente paso era encontrar a una nueva chica que estuviera en el mismo tono que mi primer entrevistada para enriquecer sus puntos de vista al respecto. Posteriormente hallar una tercera que no tuviera que ver con las dos anteriores en lo absoluto (físico, estilo, popularidad, carácter, etc.,etc.); para contrapuntear con lo previamente establecido y así sucesivamente. Más adelante me embarcaría en el bonito pero demandante trabajo de edición para enlazar lo mejor de todos los testimonios y crear un discurso coherente y cohesivo –post-producción y diseño sonoro aparte–. Tendría así en mis manos, al menos un primer tratamiento el cuál pensaba, podía enseñárselo a mis maestros para que me dieran su opinión, sus consejos y me dijeran que tenía que corregir y que agregar. Era un trabajo indefectiblemente duro, rudo y puro; pero alguien debía de hacerlo. Vamos, hubo un momento dónde llegué a considerar seriamente el inscribirme a cuanto curso y taller del género existiera para poder perfeccionar mi obra.



En las semanas que tuve de ganancia, conseguí un camarógrafo y transporte para poder recogerla cuándo el día de la entrevista llegara. Por último, gracias a unos buenos contactos, estaba a mi disposición una locación increíble para efectuar la entrevista; un salón amplio, excelentemente iluminado y con el agregado de que nadie nos interrumpiría. Quizás los únicos puntos en contra eran que por lo menos esa primera grabación no tendría nada de espectacular visualmente hablando (dos o tres emplazamientos básicos de cámara máximo y luz natural); y que la locación no tenía mucho que ver con lo que se iba a hablar. Obviamente lo ideal hubiera sido grabar en pleno table dance, pero en estos prácticamente las cámaras (tanto fotográficas como de video; así como celulares con esta función) están vetadas: la seguridad de todos los involucrados ahí, están en riesgo y los trasfondos sucios del negocio se pueden exponer. En todo caso, si hubiera obtenido el permiso del dueño para emplear por unas horas las instalaciones de su establecimiento, hubiera tenido que pagar una suma considerable de dinero que difícilmente conseguiría a corto plazo. Así que por el momento no me convenía realizarla en La Tentación. Christian González en una de sus acostumbradas propuestas estrambóticas, me recomendaba que para que la entrevista tuviera un toque más realista y que existiera una mayor relación con lo que eventualmente oiríamos; una buena idea era recrear en la misma locación, un table dance. Hipotéticamente, era posible volver la locación elegida, una fiel copia de La Tentación: podía solicitar apoyo a compañeros de la Universidad para decorar el lugar, construir una pequeña pista y posteriormente fungieran como staff; rentar mesas, sillas y luces y convocar a harta banda para que sirvieran cómo extras; trasformando una simple entrevista demo en una fulgurante docuficción con la cuál invariablemente invertiría una cantidad en efectivo que no tenía contemplada, me convertiría en productor ejecutivo y pensaría en temas como “catering” o transportación (cómo si no fuera suficiente ser director/guionista/productor/ exegeta/relacionista público/negociador). Pero no me atraía en lo mínimo la propuesta. No era el financiamiento, tampoco era el esfuerzo que se requería. Mi desacuerdo consistía en que no me sentiría a gusto, sabiendo que un gran porcentaje de lo que se llegara a ver en pantalla iba a ser una mentira. Además, aún contando con el mejor director/diseñador de arte del mundo y por más detallado que fuera su trabajo; a éste le sería imposible reproducir el espíritu y el “mood”. Todo sería aséptico, malsonante y ausente de naturalismo.




Mi postura, era improvisar y darle un giro a las limitantes que arrastraba. Si no podía grabar en La Tentación; entonces emplearía el nominalismo, sacando a mi entrevistada de su contexto plenipotenciario. Por ello le pedí a Brittany que el día de la entrevista fuera vestida con la ropa que usa fuera de su trabajo. Nada de escotes, faldas atrevidas, pareos trasparentes ni plataformas imposibles. Nada de maquillaje vistoso, pelucas o extensiones para el cabello. O sea no debía de haber pistas a que se dedicaba Brittany. La tirada era que realizada la grabación, aquel que la viera, primero se topara con una joven anónima a la cuál apreciaríamos sentada en un espacio indefinido en “médium close – up” o quizás en un “médium shot”. El espectador se enfrentaría a la incertidumbre de que no habría indicio alguno de lo que se desprendería de ésta breve primera toma. Inmediatamente después, ella se presentaría: “Soy Brittany, tengo 29 años de edad, nací en Morelia, Michoacán y soy teibolera”. ¡Pum, ya tenía enganchado al espectador!




Me concentré tanto que el mes se pasó cómo agua. Sólo necesitaba hacer una nueva llamada a Brittany, la cuál ya había regresado de su estancia por el Pacifico, para confirmar el día y la hora que nos veríamos, así como el lugar donde la recogeríamos. El caso estaba cerrado: era hora de enfrentar el transito, llegar puntualmente a la cita, presentar ante ella, la apostura de eficiente director en ciernes, entrevistador implacable y especialista del tema por derecho propio; conseguir el encuentro exacto, la contestación precisa y definitiva, terminar con la reputación intacta y quedar satisfecho con lo hecho; listo para la búsqueda de una siguiente voluntaria. . Sin embargo, irónicamente el día en cuestión, acepté preocupadamente que resultaría imposible llegar a la hora pactada al encontrarme retrasado alarmantemente por 25 minutos. Al parecer había sido víctima de un error de cálculo y ese descuido podía destruirlo todo: Brittany quizás no toleraría mi tardanza y cancelaría en un tronar de dedos (no en balde era una “Diva”) o el ambiente podría tornarse tenso a partir del momento que la recogiera o bien ella podría cambiar su humor influyendo de forma drástica y negativamente a sus respuestas. Dadas las circunstancias en las que me encontraba, sólo me quedaba actuar con aplomo, hablarle diplomáticamente, tratando de estirar lo más posible la llamada con disculpas y promesas para que todavía no se retirara del lugar acordado y siguiera vitalista. Podía haber esperado cualquier respuesta o reacción de ella: que estuviera furiosa, amenazando con renunciar por qué estaba jugando con ella, que ella también estuviera desfasada y no hubiera ningún problema de vernos más tarde, que no estuviera tan contenta por mi desliz pero concediera esperarme unos minutos más o que ella tomara la iniciativa de acortar distancias, quedándonos de ver en un punto intermedio. Cualquier cosa hubiera esperado, menos la real: Brittany ni siquiera tenía pensado presentarse. Supuestamente le había surgido una emergencia y cómo no tenía manera de comunicarse conmigo esperaba que yo, milagrosamente, le llamara. Aseguraba que podía seguir considerándola dentro, por lo que se comprometía a llegar ella misma a la locación en las primeras horas de la mañana del día siguiente.



Por supuesto, ésta (aparente) posposición, desarticulaba todo. No importaba el hacer una serie de llamadas con mis contactos para retener y asegurar la locación o sobre la marcha ver y determinar un nuevo horario; al final de cuentas el cine está lleno de esas tribulaciones: sobrepasar estratosfericamente el presupuesto establecido, “scoutings” y/o “castings” improductivos con el inicio de la filmación encima, el plan de trabajo vaticinando un fiasco cuándo ya se está yendo en contra de éste, falta de equipo o accidentes con el mismo en momentos cruciales; la repetición “ad nauseum” de cierta toma o crews peleados a muerte terminado el rodaje provocado por la falta de sueño, el hartazgo, el stress, el convivir con las mismas personas durante varias semanas completas y continuas, y el desajuste de horas trabajando. Todo eso y mucho más, se debe resolver con rapidez, ingenio, talento y serenidad cómo si de un monje zen se tratara.




No muy recientemente, cuándo me tocó la oportunidad de dirigir “Sexo, Mentiras y Videohome”cómo trabajo final de un semestre en la Universidad; tuve que sortearlo todo: mis compañeros franca y honestamente odiaron la simple idea de hablar acerca de un director del cuál no tenían ni la menor puta noción de quién era, pero que les sacaba salpullido al enterarse que estaba dentro de la nunca bien ponderada industria del videohome. Ellos hubieran preferido a un tatuador oaxaqueño con su particular filosofía de vida entre el hippismo y el existencialismo de bolsillo. El desagrado se acentuó cuándo todos conocieron al ya citado Christian González con todo y familia en su propia casa, y nadie pudo disfrazar su intención de huir lo más pronto de ahí. No dudo que lo hayan tildado de un viejito pirado; por lo que todos participaron por obligación, nunca por gusto.




A éste primer obstáculo, le tuve que sumar en sólo tres días; que se debió cambiar la locación más importante en cuestión de horas (originalmente se realizaría la mayor parte de la entrevista en su propia casa por comodidad y facilidad, pero la administradora de la privada dónde él vivía, lo impidió, creyendo que irrumpiríamos con un arsenal de equipo, una flotilla de camiones y alteraríamos el orden y la paz de todos los vecinos, por lo que se llegó a la conclusión de que se hiciera ese segmento en la casa de la abuela del productor); a punto de comenzar a entrevistar a mi personaje en una locación exterior, que tenía de fondo un altar a la Virgen de Guadalupe (supuestamente para representar mamonamente la idiosincrasia que refleja su cine), empezó a llover, por lo que se tuvo que improvisar una lona y cuándo ésta se encontraba lista, llegó una vendedora de raspados ahogada en alcohol llorando inconsolablemente, tirándose al suelo, instalándose con gran tino en pleno altar, mientras el que parecía ser su esposo, trataba de llevársela entre jalones, gritos y regaños; y cuándo por fin aquel hombre retiró a la señora, la entrevista comenzó con fallas eléctricas y las luces fueron intermitentes durante toda la charla.




Si eso no fuera suficiente, la mitad de mis compañeros estaban drogados con ácido, tuvimos serias dificultades para grabar una secuencia en un puente peatonal por falta de experiencia trabajando en exteriores, por un error de dedo se grabó encima del final de dicha secuencia, cuándo se estaba en proceso de edición, era notorio que en gran parte de la película, el lente de la cámara estaba sucio y el sonido estaba desincronizado, teníamos poco material de “stock” para ilustrar las palabras de mi entrevistado, el primer corte era caótico (entre videohome mercachifle y cortometraje amateur), mientras que una segunda aproximación era a duras penas aceptable (más por ciertas viñetas con declaraciones inspiradas y anárquicas de mi personaje, dónde no dejaba títere con cabeza; que por otra cosa).




Esa experiencia, siendo responsable de estar al frente de un proyecto, más todas las que viví durante dos años en trabajos (inter) semestrales con el resto de mis compañeros; me curtieron para no perder la compostura en momentos de crisis (vamos, quedamos –a la fecha– sin terminar un cortometraje). Precisamente la amistad con el mismísimo “Rey del Videohome” me enseñó que el cine no es el glamour para la “gente bonita” que según él, transformó el medio en un capricho para quinceañeras: todos quieren su fiesta/película pomposa a cualquier costo para presumir a sus amigas pobres y primas fresas… perdón, quise decir a los colegas y a la prensa. Así que aprendí que siempre habrá a la mano una solución buena, bonita y barata. O parafraseándolo, “CON UNA CÁMARA Y UN CULO, HACES UNA PELÍCULA”.




Pero ni comer atún por dos semanas o dejar de bañarme por varios días, me habían preparado para hacerme a la idea de poder quedarme sin la única persona con la que contaba en esos momentos. No tenía un plan emergente si ésta situación llegaba a presentarse. De éste modo, el segundo intento al día siguiente se convertía en determinante: era prácticamente un hecho de que no existiría margen para una tercer oportunidad. A la mañana siguiente, la presión ofuscaba. La dilatación de los minutos, esperándola en la esquina pactada, sólo acrecentaba el nerviosismo. Y en el aire se respiraba un ambiente pesimista.




Brittany nunca llegó.




Nuevamente me encontraba en el piso. Y con la caída, el desencanto volvió. ¿Qué había hecho mal? ¿Qué más necesitaba hacer? ¿Qué detalle había ignorado? ¿Qué arista debía de plantear? ¿Qué alternativa debía de tomar?




Había pasado dos semanas desde mi caída y un mes desde la última que vez que asistí a La Tentación. Regresaba inseguro y acomplejado. Debía de comenzar otra vez de cero, aunque sin saber a ciencia cierta cómo hacerlo. No obstante, sólo bastaron dos días para responder todas mis interrogantes y poderme dar cuenta que mi derrota estaba cantada antes de comenzar. Y todo se lo debo a MARTELL.

miércoles, 9 de julio de 2008

NOCHE 19 - UN REGALO CARGADO DE DELIRIO.

Una quincena había pasado desde la llamada de Alexandra y regresaba a La Tentación.

Asistía con ciertas reservas y dudas. Es cierto, era frecuente que Alexandra al despedirse de mí, afirmara que me tenía un regalo, pero hasta ahí llegaba la promesa. Llegué a escuchar tantas veces aquello, que ya lo tomaba sólo cómo un “rolling gag”, cómo una despedida amable. Punto. Y la petición cuándo me habló, la quería ver cómo una manera de quedar en paz.


Además, ¿qué posibilidades había de que una teibolera se tomara la molestia de comprarle algo a un cliente por un incidente tan frecuente en su ambiente cómo lo es ponerse hasta el culo? Al final de cuentas, es tácito que a la hora de asistir se está expuesto a ese tipo de inconvenientes.

Pero bueno, después de recibir un par de horas antes, un mensaje que decía “No vayas a faltar mi flaquito”; ahí me encontraba nuevamente.


Yolanda no tardó en saludar y prometer que traería a Alexandra. Cuándo ésta llegó a mi mesa, noté que traía algo en las manos y lo trataba de ocultar. Y la promesa se cumplió; sí había un regalo sorpresa dentro de una pequeña bolsa: una chamarra negra que reflejaba su estilo.

No tenía palabra alguna hacia ella. La emoción me lo impidió. Sin embargo, una serie de preguntas revoloteaban en mi cabeza: ¿Qué significa el regalo? ¿Qué trata de demostrar con esto? ¿Es porque siente empatía hacia mí? ¿Es sólo para limpiar su culpa? ¿Lo ha hecho por mero interés? ¿Por celos?

Sí, copas, muchas copas compradas, mientras escuchaba la repetición de la llamada por teléfono. Sí, varios ticket table demasiado...acalorados (¿Uno? ¿Tres? ¿Seis? ¿Acaso importa? Para la mañana siguiente ninguno de los dos recordaremos nuestro descrédito ¡Así que a soltarse la greña y que se joda el mundo!).

En el momento, en el que Alexandra se retiró para prepararse a ejecutar una de sus características presentaciones; su amiga BRITTANY llegó a mi mesa, para saludar, pedirme que le dejara ver la chamarra y preguntarme qué me había parecido el detalle. Ella ya sabía con antelación del mismo y en secreto me decía una cosita inquietante: Alexandra me había dado el obsequio porque ella sentía cariño hacia mí…aunque la razón la desconocía.

La noche terminaba. El regalo revolucionó las cosas. Alexandra se despedía pidiéndome que para mi siguiente visita nuevamente le avisara mi plan, porque todavía le quedaba algo pendiente por darme. El aparente motivo del porque estaba teniendo esas atenciones conmigo, trastornaba todo. Ya en la mañana en mi casa, dispuesto a dormir, recibía a mi celular un mensaje que decía:

“Que tengas buen día. Te quiero mucho”.

Si bien es cierto, no podía considerarme cómo la primera y única persona que recibía un gesto de esta naturaleza por parte de Alexandra (realizados por amistad, por estar enamorada, por conveniencia, por mera diplomacia); los que gozaron de ese privilegio, se contaban con los dedos de las manos… y ahora yo era uno de esos dedos.

Curiosamente, pasaron sólo unas cuantas horas para regresar a La Tentación y con ello pude confirmar esto y enterarme por conducto de otra amiga de Alexandra, el motivo del regalo… o en todo caso, su punto de vista del por qué lo hizo.

domingo, 20 de abril de 2008

NOCHE 18 - LO IMPORTANTE ES OLVIDAR.

Bárbara esa noche efímera, se proclamó en mi lista personal como “La Reina del Ticket Table”. Y por supuesto, me enamoré aún más de ella.

-“Yo sé que te gusto flaco; así que te confieso algo: contigo sí aceptaría un privado. Tú sabes que yo no cojo por dinero; tú has visto cómo he rechazado las propuestas de los clientes. Pero voy a hacer una excepción contigo, porque hasta éste momento tú has hecho cualquier cosa, menos andar pensando en cogerme. Te cobraría $3000. ¿Qué te parece que la próxima vez que vengas lo hagamos?”

-¡Gulp!




Al día siguiente en mi casa, estaba con un sabor de boca amargo, con un ánimo espeso, decepcionado, deprimido, somnoliento; mientras que le daba vueltas una y otra y otra vez a la propuesta de Bárbara... hasta que unos minutos para la medianoche, recibí una inesperada llamada.

Era Alexandra.

Hablaba con la voz entrecortada y aguardientosa. Durante aproximadamente 15 minutos, se deshizo en disculpas, en tratar de explicarme de que nunca supo lo que hizo y que nunca fue su intención haberme tratado así. Comentaba que lo primero que pasó en su cabeza cuándo recobró la conciencia era saber qué había pasado conmigo y cuál había sido mi reacción.

No podía reclamarle nada. Sabía que no había sido ni su culpa ni su intención. A mí sólo me quedaba aclararle que lo ocurrido unas horas atrás, no afectaría en lo absoluto nuestra (particular) relación. Borrón y cuenta nueva.

La llamada terminaba con una curiosa petición: la siguiente ocasión que asistiera a La Tentación, tenía que mandarle a su celular, un mensaje previamente avisándole mi plan, ya que ese día me llevaría un regalo sorpresa.

Una quincena después, conocería de qué se trataba esa sorpresa.

domingo, 13 de abril de 2008

NOCHE 17 - MALDITO SEA TU NOMBRE.

Una semana después de haber estado con Bárbara; El Escándalo se convertió en SCANDALO apostando infructuosamente ser un salón de baile, posteriormente un bar gay para finalmente aspirar ser una versión VIP de su hermano; con algunas de las “Divas” del local contiguo junto a un novísimo staff aunque siempre con la misma decoración y fachada); mientras que La Tentación a partir de ese momento intentó regresar por lo que era suyo…aunque en realidad nunca pudo volver a ser el mismo de antes: poca afluencia aún en días que deberían estar hasta el tope, un ambiente apático, una remodelación que lo hizo aún más impersonal, un local que presentaba pocas novedades, cambio constantes de gerencia, una plantilla que se renovaba pero que no lograba convencer del todo y que además se quejaba abiertamente de que el negocio no funcionaba; con clientes que no se dignaban en pagar copas pero que eso sí, se mostraban mucho más abusivos; mucho ticket table, sí, pero poco sustancial a la hora de hacer las cuentas, capitanes que no daban las condiciones más adecuadas para poder trabajar....

Con sólo dos días de reabierto La Tentación, me sentí totalmente atraído en ir, sin saber que esa noche se desencadenarían dos hechos que trastocarían todo.

No había pasado siquiera 20 minutos cuándo ya YOLANDA, una boletera madura, medio confianzuda y engorrosa que llevaba sólo un par de semanas trabajando ahí junto a otra nueva boletera llamada MARCELA, ésta joven y simpática; ya me andaba saludando y prometiéndome que me traería a Alexandra, la cuál ya había regresado a las andadas, después de recuperarse de su lesión.

Aún pidiéndole que esperara un rato, ya tenía en cuestión de segundos a Alexandra postrada frente a mí... sólo que con un pequeñísimo detalle: estaba completamente alcoholizada. Y las cosas se iban a poner feas.

Alexandra para ese momento estaba consciente, pero a un paso de que se le volara la cabeza después de haber tomado sopetecientas copas. Los síntomas: repetición “ad absurdum” y con dificultad de incoherencias y actitud desinhibida tomando aún más, considerando que ya no tenía nada que perder. Hasta ahí, todavía las cosas se mantenían tranquilas.

Pero, era de esperarse que eso no iba a durar. Así que al rato, ya andaba de agresiva, haciendo desfiguros, realizando presentaciones de proporciones épicas, dejándote solo para irse a otras mesas, y después cuándo se le pegaba la gana, regresaba a la tuya.

(¿Por qué carajos se me ocurre, ante tal panorama, gastar en ella; sí no se puede ni sostener? No sólo la estoy pasando súper mal; sino que hasta estoy siendo regañado por gerentes, compadecido por meseros, bromeado por boleteras y visto por muchas de las chicas burlonamente. Se podría decir que estoy en medio de un maldito predicamento. El ambiente se ha enrarecido. A Alexandra ya se la llevaron los de seguridad a camerinos prácticamente arrastrándola y no creo ya que salga de ahí en lo que resta de la noche. Aunque ciertamente tampoco me quedan muchas ganas de seguir viéndola. Creo que es momento de largarme “right here, right now” no sin antes pedir que me devuelvan mi dinero. Un momento, un momento, ¿de verdad puedo ser tan ingenuo para creer que a alguien aquí le interesará mi desgracia? Además uno de los capitanes acaba de recordarme la regla #10:

- “EN EL MUNDILLO DEL TABLE DANCE, LA CASA NUNCA PIERDE”. A menos de que se sea influyente o se sea más cabrón que bonito; se puede hacer lo que se quiera: ponerse al tú por tú con el capitán del lugar, escenificar un berrinche, montar en cólera aventando vasos y ceniceros por doquier, usar pacíficamente la labia con el gerente o portarse cínico y negarse a pagar. Se puede hacer lo que se crea más conveniente, total es imposible ganarles a los hombres de traje. En todo caso, lo que se puede obtener por andar discutiendo es que te saquen billetes, monedas, celular y reloj a punta de patadas.

Así que sólo puedo resignarme. La casa me ofrece una cerveza de cortesía y me sugiere llamarle a alguien más. ¡Puta, lo que menos quiero en estos momentos es permanecer aquí! Únicamente quiero olvidarme de todo, irme a dormir, no pensar en éste mal rato que estoy atravesando, posiblemente más tarde, darme de topes y... acabo de ver a Bárbara.).

Ahí todo dio un giro inesperado.

miércoles, 26 de marzo de 2008

NOCHE 13 - DESCENSO A INFIERNILLOS LÚBRICOS.

Reconozco que entré tarde al mundillo intoxicante del table dance. De hecho, rara vez tomo alcohol en abundancia, reviento cómo marrano y me prendo más de la cuenta. Pero para celebrar mi cumpleaños 22, iba llegar el momento de conocerlo. Tenebrosa cueva que se encuentra al final de un callejón mal iluminado, que ostenta una famita de poder terminar sin billetera, el higado atrofiado o con un par de balazos apenas se cruza la puerta trasera simplemente por estar en el momento equivocado entre la gente que uno no quisiera toparse, mucho menos tener de amiga; nivel de prestigio equivalente a su densidad: La Corbata era el lugar indicado.

La Corbata era un antro naco. Quizás nunca entraría a un club fino para ejecutivos pero por lo menos en todos aquellos con luz fosforescente morada y decoración de mal gusto que conocería a partir de ese momento, me conocerían y atenderían bien.

Pequeño, con un ambiente entre lo kitsch y lo folclórico y una extensa plantilla conformada en su mayoría por centroamericanas ilegales, señoras gatonas, jóvenes descaradamente putas; y en su minoría atractivas mujeres sudamericanas con harta onda (de hecho gran parte del atractivo lugar, recaía en una súper-ultra-turbo-espectacular chica venezolana llamada KIMMEL); La Corbata era de esos antros que sí te ponían, cumbia alucinante, hip hop infecto, salsa para eventualmente bailar muy pegadito con la chica en turno y canciones cursis-cursis; mientras percibías un trato “familiar” de todo pinche mundo. Vamos, con esas características, en La Corbata te divertías sí o sí. Por ende, le perdí el asquito a asistir y al rato estaba cabrón que me sacaran ¡Ups!

Sin embargo, al conocer a Alexandra, abandoné súbita e ingratamente a La Corbata. Y sí el lugar me había adoptado cómo uno más de los suyos; sentía que era mi obligación reconciliarme con él. ¡Vaya decepción! La magía de La Corbata se perdió; el lugar se había vuelto un congal, pero ya no rifaba cómo antes. Vaya, ya ni te trataban como en tu casa. Y eso, sí calaba.


La opción más viable para sobrevivir a la infamia, era pedirle a un mesero que me llevara a una chica a mi mesa. Así de fácil. Pero siempre existió un pequeño problema al respecto: tenía la teoría de que si pedía a una chica, me terminarían trayendo a un perrito para que me diera la patita y sinceramente eso no me prendía nada, por lo que no acostumbraba ese recurso.

Además, también influía en mi decisión la regla # 11 del table dance:

- “EN EL TABLE DANCE, LA MAYORÍA DE LAS CHICAS NO TIENEN NI ESTILO NI EL TACTO NECESARIO PARA SU TRABAJO”. Si se solicita una chica, va implícito que se le llamó por algo y aunque no se está obligado a pagarle nada si no es convincente su compañía; esa falta de “feeling” hace que casi nadie oculte su impaciencia hasta que se le demuestre por qué está sentada con uno. Así que ¿para qué demonios se quiere tener al lado a una chica de esa forma? Tener a alguien que te llevaron a tu mesa, es súper incomodo: después de que ella se presenta y uno hace lo propio, no hay conversación alguna, sólo preguntas intrascendentes acompañadas por largos silencios:

- ¿Cómo va el trabajo?

- “Pues medio flojo, ¿eh? ¿Y ya habías venido?”

- Sí, llevo un par de meses viniendo. ¿Y ya bailaste?

- “No, todavía faltan como cuatro chavas antes que yo…. Por cierto ¿cómo me dijiste que te llamas?”

Así, hasta que se escucha la inminente pregunta: “Oye, ¿me invitas un tequila?”

Por todo ello, prefería que fueran ellas la que decidieran si yo les interesaba cómo cliente o no. Que en su recorrido, entre el grupo de oficinistas, el tipo medio alcoholizado, aquel otro de mala fama por propasarse con la que se dejara y el tipo que acababa de entrar al antro y que todas consideraban, estaba guapo; yo pudiera ser una buena opción. Por supuesto, el objetivo para ellas, seguía siendo el mismo: conseguir la mayor cantidad de alcohol posible; pero su actitud cambiaba drásticamente y se mostraban como tal cual eran. Era el momento perfecto para saber si se acababa de conocer a una “Starlet” o tal vez a una “Guilty Pleasure”. Ahora sí, llegaban con todo; cómo si les hubieran dicho que ese, era el último día que trabajaban; llegaban a arrasar, a dejar en claro que eran tan especiales, que para tenerlas ahí era obligatorio empeñar hasta a los amigos.

Ahora bien, esto también se aplicaba al otro lado de la moneda: cuándo la gerencia del lugar o un mesero a modo de “comité de recepción” endilga a una chica. Es un secreto a voces la regla #9 “EN EL TABLE DANCE, UNO NO SÓLO ES UN SIMPLE CLIENTE, TAMBIÉN ES UNA PRESA SEGURA”. Así que todos harán lo posible para que uno se quede acompañado toda su estancia, se gaste lo que ni se tenía contemplado y que se vea bonita hasta a la vieja más fea.

A la (muy probable) fallida bienvenida, le vendrá la imposición de otra y otra fichera hasta que tarde o temprano se pesque el anzuelo. Si uno al final no lo hizo, ya verán cómo conseguir lo más cercano: cobrar una cerveza de más, presionar con esa plaga conocida como boleteras, sacarse de la manga un chingo de impuestos y servicios (es un hecho comprobado que –técnicamente– en una visita a un table dance, se termina pagando dos cuentas: la “real” y la “pirata”, aquella que contiene el famoso –¿o deberé de escribir, infame?– 15% de IVA más esa propina cuasi clandestina del 10% del total de la cuenta que prácticamente exige el mesero; eso sin contar que toda esa pandilla de sub-empleados te pide algo; desde el encargado de “supervisar” los ticket tables, hasta el tipo que te da el papel en el baño. Y cuidado de no dar lo suficiente –o mejor dicho, lo que ellos creen que es suficiente–,a no ser que se quiera escuchar un “¡Uy! ¿A poco te atendí tan mal?” o un abusivo “Pues si es propina, no limosna”. O sea, intacto no se sale de ahí).


El hecho es que todos estos preceptos, esa ocasión valieron madres. (¡Juaaaa, toda ésta pinche vuelta para llegar a esto!). Reventé y no pude más. Me quise arriesgar y solicité a un mesero que me trajera a una chica, la que fuera, la primera que él viera estuviera desocupada, la que él considerara conveniente para mí.

Y repentinamente, llegó ella. Esa noche fortuitamente conocería a Bárbara.

viernes, 21 de marzo de 2008

NOCHE 09 - SOLAMENTE ERA GLAM DE IMITACIÓN.

De acuerdo, me habían quitado La Tentación.

No todo estaba perdido. Era momento de buscar nuevos horizontes, ricos en historias y pródigos en emociones, así como otros destinos accesibles para el bolsillo, resignándome un poco.

El resultado: un fracaso total.

CRAZY BODIES estaba bien aburrido.



TAHITI era súper mamón.



ANTRAX estaba bien mafufo.

Pero las cosas no podían estar tan mal. Yo estaba convencido de eso. Y vaya, hasta eso no estuve tan equivocado. Así que mi salvación, quizá, se encontraba en el “nuevo” local a lado de La Tentación.

La (pequeña) época de EL ESCÁNDALO había comenzado.

Cuál iba a ser mi sorpresa al llegar y enterarme que en realidad El Escándalo era una subsidiaria de La Tentación en plan “pirata”.

Me explico: El Escándalo, se había abierto de emergencia ante el cierre de La Tentación, pero bajo condiciones más que cuestionables. Es más, yo manejo la teoría de que el lugar ya existía en una versión súper secreta, sólo para gente exclusiva, invitados y amigos, porque era mucha casualidad que en tan pocos días, ya estuviera armada toda la infraestructura a la perfección. Por eso no era raro, que afuera del lugar, el cuál parecía que estaba cerrado, sólo hubiera dos pelados, los cuáles sin muchos aspavientos, te invitaban a entrar y si aceptabas te metían rápidamente por lo que era la salida de emergencia. También, si uno era atento podía notar que en la cuenta venía el nombre de un salón de salsa. Y así, surgían ese tipo de detallitos.

No sé. A pesar del aire de clandestinidad; El Escándalo me prendía mil veces más que La Tentación.

La Tentación a pesar de sus dos pistas, dos niveles y una extensa selección de mujeres; nunca dejó de ser un antro que sólo vendía “posh virtual” y uno recibía a cambio un trato impersonal y un ambiente mezquino.

En cambio El Escándalo, en sus escasos meses de vida, me latía por qué era más pequeño, más cómodo, más relajado, más hospitalario. Tenía una pequeña pista que se podía apreciar en su totalidad. El sonido no estaba tan saturado, su iluminación no consistía en neón de varios colores que da la sensación de estar en penumbras y luces estroboscópicas mareantes, sino luces tenues y agradables y uno no sentía esa inistencia de todos sus involucrados de presumir una exquisitez inexistente. Nada como la zona de ticket table para entender el por qué era imposible y hasta absurdo que a uno se le intentará restregar dicha exclusividad: al igual que con su antecesor, la privacidad era sólo una falacia; un grupo de hombres y mujeres en tránsito continuo, parejas pegadas unas con otras expuestas a la mirada de todo aquel que no estuviera dentro de la ficción. Uno, ya involucrado en la misma, debía de decirle adiós a las inhibiciones y volverse parte de un todo; humores, fluidos corporales y perversiones colectivas incluido, con la única diferencia de que si en el primero uno lo hacía sentado en una silla; ahora lo hacía recostado en unos sillones (“¡Ahhhh! ¿Ya de plano? El tipo que se encuentra a mi lado izquierdo, estaba acompañado por sólo una chica y ahora a la mitad de la canción se les ha unido una segunda muchacha, aunque ambas se notan más bien tímidas. Será porque el amigo japonés de éste cliente, sacó un gran fajo de billetes y prácticamente obligó a la segunda a participar en el juego. / ¡Por Dios, es la novena vez en menos de media hora, que veo a la voluptuosa chica extranjera que está hasta el extremo derecho del sillón, llegar con un nuevo cliente! ¿No se cansa? ¿No estará fastidiada? A mí en lo particular ya me dio asco. / ¡Uy, la chica con la que estoy acompañado, ya se dio cuenta de lo distraído que ando; y cómo desea que mi atención regrese a ella, se ha subido al sillón y ha puesto su vagina a la altura de mi rostro!).

También tenía una ventaja: la plantilla estaba conformada prácticamente por las mismas chicas. Así que ahí, tarde o temprano, me iba a topar con Alexandra.

NOCHE 08 - RÉQUIEM PARA EL SENTIDO LÚDICO.

Habían pasado un par de semanas desde que conocí a Alexandra y seguía dudando en hablarle o no por teléfono.

(¿Le hablo? ¿Se acordará de mí? ¿Y si le propongo entrevistarla? Digo, un personaje cómo ella es digna de ser filmado. ¿Me habrá dado su telefóno verdadero?)

Nunca me atreví a hablarle, ni para bien ni para mal.

Diría que hasta aquí, es la primera parte de la historia.

Justamente aquí es dónde cabe un paréntesis que está relacionado directamente con el temporal cierre de La Tentación, un infructuoso recorrido conociendo otros lugares y la posterior apertura de un nuevo antro que revolucionaría todo.

Resulta que la Delegada de Miguel Hidalgo, Gabriela Cuevas, vino a bien, empezar una cruzada contra bares de mala muerte, tugurios rascuaches, establecimientos pecaminosos y locales de dudosa reputación. Y La Tentación estaba en la mira.

Al parecer, La Tentación reprobaba en protección civil y sopetecientas normas de seguridad más. Y claro, de paso se hallaron mujeres ilegales y/o menores de edad laborando.

El pedo es que La Tentación estaba cerrado indefinidamente.

La noticia resultó un putazo en la cara.

¿Adiós a las cubetas con seis cervezas a precios módicos?

¿Adiós a los ticket table al 2X1?

¿Adiós a los sábados de promociones y regalos?

¿Adiós a los jueves de “colegialas”?

¿Adiós a los valet parking cábulas?

¿Adiós a las boleteras buen pedo?

Y sobre todo... ¿adiós a Alexandra?

Por lo pronto, parecía que sí.

domingo, 16 de marzo de 2008

NOCHE 07 - SI TUVIERA UN TUMOR LO LLAMARÍA ALEXANDRA.














- Está loca.

- Es alcohólica y drogadicta.

- Es convenenciera.

- Es harto conflictiva con la clientela, compañeras y la gerencia. De hecho puede llegar a los insultos de la peor ralea y a los golpes despiadados, por lo que no han sido pocas las ocasiones que ha sido suspendida.

- Es súper posesiva y celosa.

- No duda en ser puta cuándo la ocasión se presenta.

- No es muy bonita. Y tampoco está buenota.

- No baila nada. Es cierto que en su presentaciones saca chispas pero lo que ella hace no se le puede llamar bailar. A lo mucho se le puede llamar “performance”.

- Es más naca que ponerle una playera de Snoopy al asiento del coche.

- Tiene un aroma personal penetrante.

- Ya en estado de ebriedad severa, te puede rechazar, gritar, mentar madres, o burlarse sutilmente de ti.

- En el área de ticket table es súper atascada.

- Es mediocre e ignorante. Ni modo.

- He gastado mucho dinero en ella.

- No tiene caso hablarle por teléfono.

- Sé que no voy a ganar nada con ella.

- Para ella sólo soy un cliente. Conocido y consentido pero cliente al fin y al cabo.

- Me hacen daño sus (vacuas) palabras de cariño.

- Mi dignidad no sirve para nada frente a ella. Mi fuerza de voluntad menos.

- Una de las razones de escribir este blog es por ella.

Sí, todo esto es cierto. Lo acepto. Pero a pesar de todo ello, Alexandra significa algo para mí. Punto. Ya lo escribí. Y no me retracto (12 de Agosto del 2007).

NOCHE 06 - OLFATO MALIGNO PARA ENCONTRAR MUSAS DE OCASIÓN.

No llevaba tanto asistiendo a éste tipo de lugares y ya había oído de una suerte de leyenda urbana: eventualmente los clientes de La Tentación, conocian a una chica que se distinguía fácilmente del resto. Su nombre: Alexandra.

Pero ¿qué demonios hacía especial a Alexandra? ¿Por qué era la sensación del lugar? ¿En qué se basaba su famita?

No, no era el físico: joven, blanca, cara ovalada, alta, cabello lacio muy negro más abajo de los hombros y poco voluptuosa. Vamos, no tenía a los hombres babeando por su belleza. Reitero, no tenía nada que ver su físico.

Su popularidad residía en su personalidad. Era el hecho de toparse con una chica con su vestuario todo rasgado y/o deshilachado prácticamente siempre en prominente color negro (ya sea su top acompañado de una falda con crinolina o unos shorts de mezclilla); portando pulseras y collares con estoperoles; y ostentando eternamente un par de distintivas y apabullantes botas y que al subir al escenario, no lo hacía al ritmo ni de reggaeton cutre, ni de pyscho chafita, ni de pop cursi; sino de metal-dark-punkoso todo atascadote (de “Te Quiero Puta” de Ramstein a “Maldito Sea Tu Nombre” de Los Ángeles del Infierno; de “Marijuana” de Brujería al cover de “Sweet Dreams” original de Eurythmics, hecho por Marilyn Manson); y en cuyas presentaciones parecía más que estaba en medio del “slam” o arriba de un concierto, con la única diferencia que en vez del “headbanging” o de alzar la mano haciendo la señal de “sexo, drogas y rock and roll” , ella se metía y sacaba botellas por la vagina, provocaba al público, embarraba fluidos íntimos al incauto que se dejara, se nalgueaba, se jalaba violentamente los senos, saltaba, se aventaba al suelo, jugaba con cadenas, gritaba, robaba y tomaba los tragos de clientes desprevenidos, se movía cómo si estuviera por algunos minutos poseída, giraba la cabeza por todas las direcciones posibles para ver la reacción de la gente y le encantaba cómo ésta, se encontraba atónita por lo que estaba viendo, se reía cómo enajenada, sacaba la lengua y terminaba triunfal su espectáculo.

Y abajo del escenario las cosas no cambiaban mucho que digamos. Desmadrosa, alcohólica, drogadicta, mal hablada, desinhibida. Y a su vez, amistosa, sencilla y simpática.

Esa era Alexandra.

No es de extrañar, por lo tanto, que era la más requerida de la noche. Aquella por la que no se dudaba en gastar toda la quincena. La única que recibía total atención en cada uno de sus presentaciones, concediéndole el derecho de subir a la pista principal sola para que hiciera su relajo completo. La única capaz de conseguir 40 copas de chingadazo, gracias a que su actitud y presencia imponian muy cabrón. Así que sus palabras no eran sugestiones...eran ordenes.

Vamos, era algo así cómo la “hija prodiga” de La Tentación y era la consentida del dueño del lugar; todas sus compañeras reconocieron su estilo, confesando que sólo ella podía hacer lo que hacía y hasta en otros table dance, la conocian y la envidiaban.

Debo de aceptar que el día que conocí a Alexandra y comprobé el mito, sí me sorprendió su exhibición llena de provocación, y consideré que su look reinaba en La Tentación; pero me cayó sumamente mal. No sé, tanta energía, tanto desenfado, no me atrajó como debía esperarse.

Sin embargo, una noche cualquiera en la cuál obtuve el privilegio de estar en una mesa que rodeaba la pista principal de La Tentación; un morbo recalcitrante, un arrojo kamikaze y una determinación impertinente precipitaron todo y me arrastraron a dirigirle la palabra, apenas advertí su presencia. De esa manera, firmé mi sentencia de muerte.


(¿Qué le habré dicho o qué no le habré dicho? ¿Qué hice o qué no hice ante ella? ¿Acaso importa eso en estos momentos? Tengo su teléfono y me invita a que le hable lo más pronto posible. Es cierto, mucho fue estrategia, pero es cierto que no a todos se los da).

Esa noche, caí rendido ante ella. Así de sencillo.

Para decirlo de otra manera: a partir de ese momento ir a La Tentación independientemente de “Noche Efímera”, era en función de ver a la que también era conocida como “La Rockerisima”.

viernes, 14 de marzo de 2008

NOCHE 05 - DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS DE UN VOUYERISTA.

Ok. Para resumir, sí, una noche con Esmeralda es la cosa más rara del mundo. Listo.

Ahora sí, tenía que concentrarme y pensar en los puntos a tratar en mi documental.

Por lo pronto no quería que fuera moralista y que reprobara que unas cuantas “chicas inocentes arrastradas por las circunstancias”, se quitan la ropa por dinero, mientras que “viejos sucios” las observan y manosean libidinosamente.

Tampoco deseaba que fuera sensacionalista y denunciara la explotación que reciben menores de edad y mujeres que residen ilegalmente el país, así como los negocios turbios que se manejan en las entrañas del lugar: prostitución, venta de alcohol adulterado, lavado de dinero, narcotráfico, sobornos, lugares con falta de seguridad y protección civil, permisos clandestinos para operación de establecimientos y un largo etcétera.

Cómo me parecía vil y cobarde, la explotación morbosa para regodearse en las miserias de estos personajes marginales, totalmente descartada quedaba esa opción.

Y mucho menos pretendía que fuera efectista y se viera en primer plano cómo alguien sacaba de su vagina un hielo y lo depositaba en un vaso sin la menor evidencia de remordimiento.

Para no volarme tanto, lo que pretendía era que aquel que viera “Noche Efímera”, oliera el particular aroma que se percibe desde los primeros segundos que se entra a un table dance: una inconfundible mezcla de sexo, feromonas, alcohol, cigarro, sudor y perfume corriente.

Que el público conociera a la chica más popular del lugar y su historia. Y también a todas las “Esmeralda” que pululan por allí y por allá, mendigando lo que sea. Y ¿por qué no? que viera quiénes son las personas que asisten puntualmente para gritar “¡Pelos, pelos!”. Igual se identificaba. Igual se sorprendía.

Que confirmara que en todos los table dance que existen, tanto las boleteras como los DJ’s son intercambiables. No tengo ni la menor puta idea del por qué; pero el hecho es que prácticamente todas las boleteras son idénticas físicamente (jóvenes, ligeramente pasadas de peso, estatura mediana y una timbre excesivamente chillón) y los DJ’s tienen el mismo tono engolado de voz y el mismo estilo para decir frases tan “inspiradas” cómo “…continuamos con Galilea en su momento a flor de piel...” o “…Pamela no se va a quitar la tanga si no le aplauden...”. Quizá yo nunca me enteré y sea requisito el físico para ellas y decir ese tipo de comentarios para ellos si se quiere trabajar ahí. O sea ¿A flor de piel?

Que el espectador apreciara lo naif de la decoración y también escuchara el pop de moda, teniendo una sorpresa musical (siempre hay una sorpresa musical) reservada al final; quizás italodisco bizarro o a lo mejor un clásico cómo “Lullaby” de The Cure o “Where is My Mind?” de los Pixies. Si uno cómo cliente, no sabe a bien que le depara la selección musical, mucho menos el espectador.

Quería hablar de la diversión que genera ir a un table dance, así como de la decepción que provoca que la joven que te prende no esté en tu mesa porque se encuentra ocupada. Del gusto que tiene esa chica porque se sabe deseada y le alza su vanidad, así como del sinsabor para otra, de toparse que las cosas no están funcionando cómo ella desea.

Mientras escribo esto, me doy cuenta de lo obvio que era mi propuesta.


Total, ególatramente tenía una ventaja: el haber pasado dos años estudiando la carrera de Realización Cinematográfica, agudizó mi capacidad de observación; más analítica y sagaz (Debo de registrar el mundo entero de un sólo reojo para que no se me escape ningún detalle por ínfimo que éste sea. / Atisbo por su mirada, que la chica con la que me topé rumbo al baño, carga un gran dolor. / Supongo que las intenciones del grupo de amigos que acaba de entrar son las de agarrar nalgas. / ¿Me conviene entablar una conversación con la mujer que acaba de sentarse en mi mesa? Digo, después de lo que expuso en la mesa contigua, quiero creer que en cinco minutos se acabará su bebida y no me dirá ni su nombre. No, mejor ni me arriesgo. / ¡Vaya! Al parecer el señor que se encuentra al fondo, está disfrutando demasiado el ticket table que acaba de pagar. Creo que ya es el quinto. Y la chica, en lo suyo, concentrada. Debería de haber un tratado metafísico que busque la verdad absoluta acerca del ticket table: ¿qué elementos debe de contener uno para que se pueda decir que es bueno y un cliente quede satisfecho? ¿Qué lleva a un hombre a gastar la quincena entera para que una chica en particular le restriegue su humanidad por un par de minutos? ¿Cuántos de los aquí presentes han sufrido eyaculación precoz o disfunción eréctil apenas la chica se sube en sus piernas? Ellas, en caso de que esto se presentara, ¿lo evidenciarían? / ¿Es mi imaginación, o es la tercera vez en una hora que el DJ pone “Hotel California” de The Eagles? / Esa tanga está a punto de caer y la chica del sinuoso y transpirado cuerpo sabe que su momento es ahora...) y de entendimiento (Atento. En cualquier momento, vendrá un haz de sutilezas, comentarios que se quieren subliminales y dobles sentidos dichos por ellas; y estoy obligado a captarlos con facilidad para descifrar el lenguaje y los códigos propios del recinto).

Éstas aptitudes fueron las responsables de las demasiadas experiencias vividas al interior de ese y otros table dance en los meses posteriores: la penosa noche que terminé completamente encuerado en medio de la pista por iniciativa de una repulsiva brasileña ya entrada en años; esa infame velada que súbitamente terminó cuándo fui golpeado en el rostro por una agresiva venezolana totalmente perdida en el alcohol; el pasar imperceptible del crepúsculo al amanecer con “Careless Whisper” de George Michael al fondo, contemplando el desfile de todo tipo de personas en mi mesa (altivas, agradables, acomplejadas, guapas, poco atractivas, fastidiosas, divertidas, inteligentes, jóvenes, viejas, cachondas, reacias, cínicas, promiscuas, sencillas, chismosas, discretas, femeninas con un aroma especial, descuidadas apestando a sudor…) y en toda clase de estados (borrachas, excesivamente drogadas, deprimidas, eufóricas, enojadas, preocupadas, alteradas…); las charlas que se quedaron en mero exordio cuándo advertí que le caí pésimo a algunas de ellas; la arritmia que caracterizó mis ridículos intentos de bailar salsa o pasito duranguense con ficheras que inoportunamente llegaron a mi mesa cuándo los primeros acordes de la canción se dejaban escuchar; los inmorales perreos que protagonicé con los que me sentí sucio a la mañana siguiente; ese engolosinamiento que me costó terminar debiendo dinero ante los ojos reprobatorios de la gerencia del lugar; la variedad de lugares que exploré cómo un cazador solitario ávido de lo inesperado; la zozobra provocada por un ticket table comprado al no saber si había pagado por lo memorable o lo innombrable; mi impotencia que permaneció indeleble un par de días por haber sido impunemente estafado; el hálito arrancado cuándo ellas me dedicaron espontáneamente su presentación; la noche y sus límitess que me ofrecieron amores improbables...

Lo que procedía entonces era sostener mis argumentos pragmáticamente; demostrando que lo dicho no sólo era una bola de tonterías.

Empero, en mi camino tuvo que atravesarse ALEXANDRA. Y a partir de ahí, ya nada fue igual.